martes, 19 de abril de 2011

Estoy hecho una zorra

Pero no, que nadie se confunda, no es que de pronto me haya dado la vena raperilla y haya empezado a hablar como PDD (A.k.a. Puff Daddy). Sin ir más lejos, ayer mismo guardé mi sudadera de Scarface en el armario de las cosas de invierno, así que no, que nadie se asuste. 

Lo siento, Internet explorer, pero te abandonamos.
Y sí, lo que llevo en la mano es la sudadera de Scarface.
(Foto en memoria de las rastas de Danny. 
Sé fuerte, hermano: Algún día volverán)

Si digo que estoy hecho una zorra es porque Internet explorer me tiene frito y estoy cansado. Cansado de la familia Ribera Ordóñez y de tener que firmar mil veces en los blogs jugándome a cara a cruz que el comentario se publique o no, dependiendo de si el tonto las narices del iexplorer acepta mi configuración de internet. Y, perdonadme pero... A ver, Internet Explorer de los huevos, SÍ TENGO LAS PUÑETERAS COOKIES ENABLED.
Por eso, tras una semana cambiando la configuración del PC (que ya os dije que el gato a veces me la cambia porque sí, porque le apetece y es así de maja) actualizando el java y demás chorripolleces que no me han llevado a ningún lado, he decidido pasarme al zorro de fuego, Firefox para los puristas. Y bueno, como dice en el anuncio ese odioso de los seguros, Esto sí, hombre, esto sí...
Poco o nada queda original en mi PC, salvo el windows, porque soy demasiado vago para cambiarlo por el linux o el Ubuntu. El paquete Office desapareció años ha, trocado por el Open Write, que para todos aquellos que escribáis o utilicéis hoja de cálculo es como mil veces mejor. El WMA tampoco es santo de mi devoción, y ahora, finalmente, ha caído el Internet explorer, y no podía estar más contento con mi zorrito. Aunque eso sí, de fuego fuego lo que se dice fuego no es. Por más que acerco el cigarrillo a la pantalla (no todos tenemos tu voluntad, tita hellen) el muy cabrito no se enciende.
 
¿Y a qué viene todo esto? A que todo este rollo de las marcas me tiene cada día más frito. En la cocina, cada vez son más los productos blancos que mejoran a las “marcas de toda la vida”. En el mundo de las motos, hay marcas coreanas que están pegando bien fuerte, como pasa también con los móviles y la informática (nada mejor que un monitor nisupu, nisuputamadre lo conoce, para vuestros ordenadores); y eso por no hablar de las bebidas... Yo que siempre he sido un bebedor convencido de Jack Daniel´s, ahora estoy más que contento con mi bourbon Fire Water, que sí, que es bourbon y no whiskey (whisky de tennesee), pero no está nada mal, al menos mientras no se decidan a comercializar Wild Turkey en España. Con lo rico y lo barato que está en el resto del planeta.
Total, resumiendo, que a veces parecemos tontos, comprando y utilizando cosas de renombre sólo porque, total, llevamos haciéndolo toda la vida (supongo que eso explica que Movistar siga teniendo clientes). Así que, si me aceptáis el consejo, probad cosas nuevas, aunque no sean tan refamosas de la muerte. Empezad con este Firefox y el office de open write, de distribución gratuita en mil sitios de la red, y luego dadle un intento a los quesos crema de Ahorramás, las bebidas del mercadona, el matamosquitos del día (eeeeh ^_~) y echad una carrerita con una Kymko o una Hyosung. Seguro que os merece la pena.
Lástima que, en eso de la política, no existan las marcas blancas. Podría ser un cambio interesante.

domingo, 17 de abril de 2011

Esos bichos tan cachondos


Chihiro, poniéndose de pie para ver en la calle las obras del
cableado de Ono, en la más pura tradicción jubileta.
Foto real, sin coñas ni trucos, tomada en el tercer piso, el de
Ronda de Calatrava en 2oo5 o así.  

Hay una frase de Padre de Familia que, cuando la escuché, se me quedó grabada: Chris se gira hacia su hermana Meg y le dice: "A ver si adivinas la palabra en la que estoy pensando, y no es gatito...". Meg le responde "Gatito", y Chris grita "Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza".
Vale, sí, una chorrada, pero me sentí identificado con el gordo de la gorra. Porque sí, si hay una palabra que se repite en mi cabeza, de forma un tanto rara, esa es gatito. Supongo que es por ello que mi gata, Chihiro, sale en todo lo que escribo, aunque sea de actriz secundaria.
  
 Foto de chiquitillo con Mike Hammer,
un gato puñetero y duro como él solo,
aunque de jovencico no la pareciera...


Lo mío con los gatos va de largo. Cuando era chiquitito (sí, el enano de la foto soy yo con cinco años. Qué pelazo tenía entonces, madre) mi abuela tenía un chalet en La Laguna en el que se reunían, a lo tonto a lo tonto, la friolera de más de veinte gatos (y un ficus gigante y una tortuga, porque la vida, a veces, tiene un sentido del humor raro). No es que mi abuela fuera una loca de los gatos ni nada de eso, angelico mío, de hecho vivía con nosotros en casa de mis padres; era sólo que los chalets de la zona habían ido desapareciendo (ya sólo queda uno, el de la carnicería) y los gatos, como los irreductibles galos de Uderzo y Gosciny, habían ido haciéndose fuertes en el último bastión felino de la resistencia gatuna, o dicho con menos gilipolleces, habían terminado todos en el chalé de mi abuela.
Chihiro esta mañana, dándole el coñazo a Eva
mientras intentaba pintar, como siempre.

Mi obsesión, pues, desde los cuatro años, cuando desgraciadamente murió mi abuelo y mi abuela se vino a casa, era ir al chalé a jugar con los gatos. Especialmente me gustaba ir en verano, después del celo, época en la que, en compañía de mi abuela, buscábamos gatitos recién nacidos bajo el rosal o la madreselva para empezar a inventar nombres. Luego cumplí los trece y los gatos dieron paso a otras preocupaciones, como las chicas y lo que sus ropas escondían. No obstante seguí sintiendo una especial conexión con los gatos, esas mascotas independientes y altaneras, llenas de orgullo y cariño, que me hacían sentir especial si frotaban su hocico en mi pantorrilla o ronroneaban al acariciarles yo la barbilla.
“¿Y a qué viene todo esto?” Os preguntaréis. “Macho, que ya hablaste de gatos la semana pasada, so cansino”. Y vale, sí, lo hice, pero no me quedé contento con el resultado. ¿Por qué? Porque no os dije, por ejemplo, que el destino, que es un cachondo, ha querido que, con el paso del tiempo, Eva y yo tengamos una casa, una casa con jardín como el de mi abuela, y que ahora sea nuestro gata, en nuestra casa, la que se pasea arriba y abajo como la campeona que es, retando a las gatas de las vecinas a pisar su territorio, orgullosa, y persiguiendo a los gatos machos del vecindario como si le fuera la vida en ello, porque los tiene buen puestos, por algo es de la familia. Ha querido el destino, cachondo él, que un buen día saliera de la mata de enredaderas una tortuga (primero Raphaello, por las Teenage Mutante Ninja Turtles, finalmente Señor Tortuga, por Me llamo Earl), bien parecida a la de mi abuela, para solazarnos con sus piques con Chihiro. Y ha querido el destino regalarnos un rosal como el que mi abuelo cuidaba con mimo y con celo.
Chihiro tomando posesión de la mesa de merendero que terminé
de construir el miércoles, a base de taladro y clavarme astillas.
Me cago en Leclerc y sus muebles "prefabricados".

Por eso no es raro que ahora, a mis treinta y tres años, me despierte una mañana soleada de domingo como ésta y, un poquito nervioso, busque bajo el rosal en esta versión felina de los huevos de Pascua, cruzando los dedos por encontrar un gatito recién nacido al que ponerle un nombre.
Chihiro, el Señor Tortuga y el Samurai de la Barbacoa.
Horas de diversión concentradas en estos tres mamoncetes.

¿Ñoño? Seguro, ¿y qué problema hay? Sé que, desde el cielo, mi abuela me observa divertida jugar con los gatos, coger cochinillas y cazar arañas y lagartijas para echarlas en las macetas como lo hacía de pequeño en su jardín. Y mi abuelo, el culpable de todas mis bohemias tendencias, menea la cabeza cada vez que podo el rosal o aprisiono la tierra sobre sus raíces, deseoso de darme algún consejo que, sin duda, haría crecer las flores aún más hermosas.
 Va por ellos este post, Y por Fofito, PapaNoel, GataLoca, MikeHammer, Perla, Machín, GataMadre, Serena, Morisca, Gatonto, Pitusa, Acobardao, PanteraRosa, Gemelos y todos los gatos que, alguna vez, compartieron nuestras tardes, nuestros “cafelitos” de agua con azúcar y las largas cacerías de lagartijas.

viernes, 15 de abril de 2011

Ser calvo, the evolution

 
Vale, llevo unos días de un cínico que da asco y eso va fatal para el cutis, así que ya va siendo la hora de hablar de algo divertido: Soy calvo.
Sí, ya, muchos diréis "joer, ¿y eso es divertido? Para este tío una patada en los huevos tiene que ser como la última peli de Leslie Nielsen" Pues no, pero tiene su coña porque, aunque no os lo creáis, ser calvo no está tan mal como pueda parecer.

La evolución.

Esto de ser calvo empieza en lo que llamo el día D. El día D... raparte. Empiezas a quedarte calvo, lo sabes. Entonces te levantas un día hasta las narices del mundo, harto de llevar cortinilla y que cuando sopla el viento se te levante para atrás como la tapa de una lata de tomate frito, harto de gastarte una pasta en peluquerías y gominas, harto, en fin, del mundo en general. Te da el siroco y ¡zasca! A tomar por culo el pelo, el poco que queda, quiero decir.
Durante unos días el mundo se convierte en una dimensión completamente nueva en la que escuchas cosas como:
-”Anda, al fin lo has aceptado”
-”Pues no te queda mal del todo
-”Pero estás así queriendo o es que estás... ya sabes, enfermo
-”Dios, estabas mucho mejor antes”
-¿Te has rapado? Ni me he dado cuenta...
-”Bueno, al menos no tienes la cabeza demasiado deformada” (aquí les doy la razón, para la de leches, cosquis y meques que me di de chico, tengo la cabeza la mar de redondita)
-”¿Puedo tocarte? Anda, si pareces un...
-a) Perrito
-b) gatito
-c) felpudo del coche
-d) bebé (mi favorita)
-e) criatura venida de otro universo, seguramente con la malsana intención de invadirnos y apoderarte de nuestro planeta, pues no pienso permitírtelo, monstruo alienígena.
Etc.
Lo mejor es que la sensibilidad de la cabeza tras años llevando pelo, aunque fuera poco, es brutal: Mola ducharte, o que te llueva, y nadar en la piscina es genial. Además se acabó la gomina, la factura del peluquero, el sudor ese greñoso de la almohada y la caspa. ¡¡Yupii!!

Calvo total.

Pero claro, llega un día que te cansas de raparte y piensas... ¿Cómo será eso de afeitarse el melón? Puede que te de el siroco porque se te rompa la maquinilla o, como a mí, porque te apetezca disfrazarte de calvo integral.
Lo haces y el resultado viene a ser, más o menos, este:

Gore.
El caso es que, ahora sí, la gente empieza a ser más comprensiva, y de pronto un día alguien dice algo como “la verdad es que estás mucho mejor así” O “la imagen del calvito sexy mola” y entonces descubres que, al fin, has evolucionado del todo. Ya no ESTÁS calvo, ahora ERES calvo, y un nuevo mundo se abre ante ti.
Happineeeessss!! 

Senda del Calvo (Pelocero no Ryu)

Vaya pues, para los novatos en el calvo no jutsu en la senda guerrera del sin pelo, unos pequeños consejos y mandamientos a cumplir:

1.- No es ideología, es alopecia.
Siempre habrá alguien, especialmente si como yo tenéis un tamañito considerable, como de toro mecánico, que querrán ver más allá de vuestro peinado. Así que preparaos para que os tachen de nacis, neonacis, sharperos, pokero-makinero-chunguero, ultrasuputamadre y demás tontás de los niños de ahora. Rezad el mantra en voz alta: No es ideología, es alopecia.

2.-Honra a tu clan.
Calvos hay muchos, pero no todos son buenos calvos. Algunos, con sus actos, deshonran al resto, especialmente a los que formamos parte de la reducida logia de los calvos con pendiente y perilla. Estos malos alopecicos (pues no son calvos de derecho propio) hacen que el resto quedemos fatal o, en palabras del Dalai Carahuevo, como el culo. Recuerda: que tus actos no deshonren el buen nombre y la noble dinastía de los calvos.

3.-Ponte crema.
Pues sí, de la solar, en veranito y en primavera, porque si no lo vas a pasar mal. Recuerda, una cabeza quemada no es una cabeza feliz.

4.-Cambia de gustos.
Olvidate de los Jonas Brothers, Bradd Pitt y demás. Los que molan son Vin Diesel, Bruce Willis, Sean Connery y Yul Brinner. Hazme caso, si es para que no sufras...

5.-Nada existe. Todo es vacío.
Acostúmbrate a ser definido como calvo, pero no te ofendas, llévalo con orgullo y distinción. No todos pueden ser calvos, por mucho dinero y muchas gillettes que tengan.

6.-Maestría y educación.
El calvo no se hace, nace, pero eso no significa que no seamos todos alumnos y maestros en este gran camino de la vida. Educa con tu mano derecha y aprende con la izquierda. No dejes que la cadena que todo lo une se rompa en tu eslabón. ¡Y ponte gorra si hace mucho sol!

7.- Somos legión.
Aunque suene un poco demoníaco, sí, lo somos. No dudes en ofrecer tu ayuda a un hermano, aunque sea piloso, pues es en esta bondad en la que el clan hereda toda su nobleza.

Y bueno, no se me ocurren muchas más y todavía tengo que fregar la cocina. Perdonad por la rayada.
 Y, ya sabéis:

Si veis a un calvo abandonado, no miréis hacia otro lado.
Él no lo haría.

miércoles, 13 de abril de 2011

Esos hijos de la Gran Bretaña (O por qué Hitler no solía matar negros)

Soy apolítico. No, en serio, apolítico de verdad. Me considero, más o menos, artista, y cuando el arte se rinde a la política se convierte en propaganda. Creedme, como publicista que he sido muchos años, no hay nada más rastrero, más ruín y más abyecto que la propaganda. Bueno, sí, la política en sí misma, el mayor mal de la humanidad o, en palabras de un borracho (seguramente fuera yo) el invento de alguien sin poder ni inteligencia para justificar un motivo por el que subyugar al pueblo.
Así que sí, soy apolítico, pero eso no significa que no me guste hablar de política, especialmente cundo la tontería de la gente alcanza cotas alarmantes y empieza a entrarme ese mareillo en el que se mezclan las ganas de renegar de mi condición de ser humano y la necesidad de sumir al planeta en un invierno nuclear... quiero decir... en un jodido invierno nuclear. No, no me miréis así: Todos sabíamos que esto no iba a durar. Antes o después iba a tener que meter la pata, y voy a hacerlo por la puerta grande, hablando de historia, que para quien no lo sepa, es la mejor aliada del enemigo de la estupidez humana.


Hace poco hablaba con Shei del nacismo y de cómo los alemanes han tenido que cargar con el sanbenito de “racistas hijosdeputa” por culpa de un enano con bigote y un par de errores del pasado o, mejor dicho, de un par de malas interpretaciones de los hechos llevadas a cabo, como suele pasar, con un mucho de mala leche y un más aún de interés económico. No me malinterpretéis: el holocausto judío fue un crimen terrible, como diría el sargento de hierro: una de las mayores hijoputeces de la historia humana, pero eso no significa que no haya habido otras, tan terribles o más, que permanecen relativamente en las sombras por el mero hecho de que sus víctimas no eran judíos, o lo que es lo mismo: no son los dueños de la meca del cine.
Me viene a la cabeza, por ejemplo, el tema del Apartheid, el segregacionismo de Sudáfrica, que actualmente está tipificado como delito en el código jurídico internacional pero durante más de cincuenta años fue el régimen legal en la mencionada Sudáfrica. Para no calentaros demasiado la cabeza (podéis buscar más datos por la web) Os resumiré el tema: El Apartheid nació como una serie de actos racistas que terminaron tomando forma legal tras la elección del partido nacionalista en 1948 (el primer presidente, para que os hagáis una idea, fue Daniel Malan, pastor protestante y piedra de toque de este segregacionismo. Sin comentarios). Básicamente, la población blanca (británica y holandesa en su mayoría, ¿pilláis ya lo de hijos de la Gran Bretaña?) pretendía el exilio de la población negra a diez estados independientes con unas excusas bastante pobres sobre su nacionalidad. Para ello, se regulaba hasta el límite la vida de dicha población, prohibiéndoles el acceso a servicios, limitándoles derechos constitucionales tales como la integridad física, la libertad sexual o, directamente, la vida. Podéis ver en la red miles de carteles de lugares exclusivos para blancos, lo que no veréis es la cantidad de violaciones, asesinatos, robos y demás lindezas humanas que ni siquiera fueron investigadas, cuando no ocultadas bajo el régimen racial de Malán y sus herederos. Esto dio lugar a episodios trágicos como la masacre de Sharpeville y la tortura y encarcelamiento de hitos de protesta contra el apartheid como Nelson Mandela y Steve Biko, a destacar el asesinato por tortura de Biko, del que hay una película bastante interesante: Grita Libertad, rodada mucho antes de Pearl Harbour o Cartas de Iwao Jima. También podéis echarle un ojo a Una árida estación blanca, que habla de la resistencia del propio pueblo blanco frente al apartheid.
Pero no sólo del Apartheid se alimenta el racismo, y si no al dato. Seguro que todos habéis oído hablar hasta la saciedad de la famosa guerra civil americana, esas movidas entre norte y sur, los federales y los confederados dándose de leches en el Gran Cañón mientras los indios norteamericanos (los pocos que los británicos, curiosamente, habían dejado con vida) vendían la poca dignidad que les quedaba por un par de fusiles estropeados con la vana esperanza de recuperar sus tierras. Guay. Todos sabemos que el norte le declaró la guerra al sur para abolir la esclavitud que sufría la población negra, ¿verdad? Resulta, por tanto, curioso, que una vez terminada la guerra, con Franklin jugando con sus cometas, Abraham Simpson, digo... Lincoln, super orgulloso de la muerte con su barbita de tipo majo y todo el resto de los padres de la patria (no me miréis así, no he estudiado historia norteamericana), nadie se preocupó realmente por los derechos de los negros que, supuestamente habían sido salvados por los buenos blancos del norte. Se les prohibió utilizar los servicios, estudiar, comprar en establecimientos e incluso tomarse una maldita cerveza en una terraza cualquiera. No contentos con eso, el norte se cerró a la población negra, donde durante muchos años no estaba tipificado como delito matar a una persona de color... bueno, de color negro. Y cuando se tipifico ese delito, tampoco sirvió de mucho, pues la mayoría de las veces la policía y los tribunales no hacían nada al respecto.
Así, la situación de facto, fue que el norte se hizo con las riquezas del sur, siguió explotando a los esclavos, que ahora eran libres... de trabajar por un sueldo de mierda para la unión, y aumentó aún más si cabe el maltrato a los africanos. Pues si algo nos ha enseñado el antiguo derecho romano es que a los esclavos se les cuida, que para algo valen una pasta, pero a la mano de obra barata... pues lo dicho. Por cierto, esto me recuerda... Ya que hablamos de los colonos estadounidenses, os recomiendo que leáis El valle de la Muerte, de Sir Arthur Conan Doyle, que a pesar de ser británico no esquiva los delitos de su pueblo (bue, al fin y al cabo es escocés, y esos son más irlandeses que británicos) y le da un buen repaso a la religión de la reina inmortal poniendo como centro a Sherlock Holmes. No tiene desperdicio. Y ya que hablamos de escritores británicos... ¿Soy el único que piensa que Dickens era pederasta de tipo sado? Joder, qué fijación tenía el mamón con los niños maltratados... Pero espera, que me voy del tema...
¿Más episodios apasionantes de la historia? Bueno, podríamos hablar de la ayuda de “mis amigos americanos” a las colonias españolas para su independencia: Cuba, Méjico, Filipinas... Ayuda que se convirtió en una explotación a posteriori de sus riquezas, dejando a estos pobres países en el estado actual en que se encuentran. También podríamos hablar de Paracuellos de Jarama, la matanza de Paracuellos y el asesinato de miles de españoles cuyo único delito era enfrentarse a la República. Estos asesinatos fueron en su mayoría, firmados por Poncela, delegado de la junta de defensa de Madrid, encabezada en ese momento por Santiago Carrillo, sí, hombre, sí, ese vejete tan simpático que sale en Aida y al que hace cuatro años le inauguraron una calle (Más datos). Podríamos hablar de cómo unos son unos cabrones reconocidos, como el tito Paco, Hitler, Chauchescu y Bush; y de como otros, igual de cabrones, se han convertido en héroes a pesar de tener miles de muertes a su espalda, como el mencionado Carrillo; el tonto de Lenin, que empezó la guerra por un quítame allá ese hermano con los Romanov; el bastardo de Stalin, que mató él solito a más comunistas que las fuerzas del eje, los americanos y los nacionales en toda su historia; Barak Obama, que pese a todo lo que dijo sigue sin aceptar el pacto de Kioto, mantiene abierto Guantánamo, sigue mandando tropas a Irak y, no contento con esto, recibe el premio nóbel de la paz como quien está todo el día salvando gatitos. Podría hablar de los campos de concentración de Miami o los que se establecieron por todo el territorio estadounidenses para más de 120.000 japoneses tras el ataque a Pearl Harbour; podría hablar de Siberia, donde los presos (muchos de ellos españoles) se veían obligados a alimentarse de otros presos para sobrevivir o de la campaña de manchuria y las torturas de los mercenarios turcos; podríamos hablar de la caza de brujas, de lo que lleva años pasando en Israel, de lo que pasa ahora mismo en la India con los niños, o en Río, que es una peli super diver de dibujos, y un sitio en el que diariamente aparecen niños muertos como perros bajo periódicos viejos. O en China, o en África... pero sé que para muchos sería en vano, así que tendré que esperar a que la Metro o la Warner hagan una película sobre todo esto. ¿Quién sabe? Fijo que si la dirige Michael Moore y la protagoniza Javier Bardem os lo creéis.
Y para el resto, para los que sabéis de qué va todo esto, para los que sabéis que el Che fue un libertador, sí, pero también un médico y un asesino, para los que veis más allá de los créditos de la peli y entendéis que detrás de toda guerra lo único que hay SIEMPRE son intereses económicos, odio antagónico y un iluminado que, para qué mentirnos, folla poco, sólo deciros que aguantéis y leáis un poco.
Siempre es interesante saber algo más que lo que Giliwood quiere que sepamos.

miércoles, 6 de abril de 2011

El día número 13.



Día uno.

Salimos en hilera por la puerta principal, cantando canciones de guerra y decididos a vencer. La moral está alta entre las tropas y nadie parece recordar que estamos inmersos en una guerra. Aquí y allí veo jóvenes reclutas que, presas de la excitación, intercambian historias del hogar y enseñan aquellos recuerdos que han decidido llevarse al frente. Son apenas unos muchachos pero a mis ojos de ingeniero se aparecen temibles con sus armas a punto y sus cuerpos afilados tras el periodo de instrucción. Uno de ellos capta mi mirada y dice algo que no logro entender por la distancia. Sea lo que sea logra arrancar una carcajada general de su grupo. Avergonzado, me escondo tras el sargento de mi escuadrón, que menea la cabeza, como con tristeza, ante el optimismo de los novatos.
Mi compañía marcha a buen paso, animados por la cantinela bélica que masculla el sargento. La mitad de nosotros, ingenieros y transportistas, no nos sabemos la letra, pero hacemos lo posible por mezclar nuestras voces con las de los soldados, todos ellos veteranos de guerra, que canturrean con gravedad, conscientes de la realidad a la que estamos a punto de enfrentarnos.

Día dos.

Ayer por la noche nos separamos del resto del ejército siguiendo a una partida de exploradores. Hemos pasado las últimas horas recogiendo un cargamento de alimentos. El miedo a que aparezca el enemigo nos ha llevado a trabajar en silencio y con rapidez. Ahora tengo el cuerpo molido pero no hay tiempo para el descanso. El sargento nos reúne y nombra a dos transportistas y a un ingeniero como encargados de establecer las rutas para llevar la comida al hogar. Hijos de puta afortunados... ellos dormirán caliente esta noche.
Al resto nos espera una nueva jornada de marcha y un duro día de camino para alcanzar a nuestro regimiento. Algunos aprovechan para entregarle mensajes a los que regresan. Otros, como yo, preferimos mirar a otro sitio para que la envidia no se haga patente en nuestros ojos.

Día cuatro.

Alcanzamos al regimiento al anochecer. Tal vez habría sido mejor no haberlo alcanzado nunca. Durante todo el día estuvimos cruzándonos con partidas de sanitarios que llevaban heridos de regreso. Las comunicaciones eran desesperadas y las noticias, terribles: El enemigo había aparecido llevando a cabo su primera ofensiva. No obstante, nada podía habernos preparado para lo que encontramos allí.
Un reguero de cadáveres sembraba la tierra. Se escuchaban, estridentes, los gritos de socorro, y de vez en cuando un estallido seco, como un disparo, anunciaba que alguien había tenido que acabar con la vida de su compañero. Pasamos la noche y el día siguiente a la espera de instrucciones del alto mando.
Éstas llegan finalmente al atardecer, y son tan claras como sucintas: Continuad.


Día seis.

Continuamos nuestra marcha. De vez en cuando una partida de exploradores advierte de la aparición de algún cargamento y, poco a poco, nuestra compañía se reduce. La comida es cada vez más escasa y las horas de sueño, insuficientes. Todos caminamos a duras penas, como cadáveres animados, tratando de no hablar entre nosotros para no sucumbir a la histeria. Por si esto fuera poco, las noticias de ataques son cada vez más insistentes. Ayer interceptaron un convoy de comidas que se dirigía a casa y masacraron a sus ocupantes. Nadie ha sabido decirnos si se trataba de alguno de los nuestros, aunque algo me dice que es así.
Pasamos los días caminando sin cesar, mirando hacia arriba con miedo de que el enemigo aparezca, rezando a nuestros dioses por volver a casa sanos y salvos.

Día siete.

El enemigo ha vuelto a aparecer. Pasamos la noche desperdigados por el yermo y al amanecer hemos sido localizados. Había oído hablar del gas, pero lo que ha sucedido hoy... ha sido una locura.
Todo empezó con un golpe seco, como de tambores. La tiembla tembló a nuestro alrededor, y unos botes gigantescos aparecieron flotando en el espacio a una altura inimaginable. Alguién tocó a retirada y justo en ese momento, con un siseo mortal, el gas salió despedido en densas ráfagas que caían sobre nosotros como la bruma de la mañana.
He visto a miles de mis compañeros sucumbir con los pulmones ardiendo y los cuerpos calcinados, rogando la muerte y llorando, como niños abandonados, ante la atrocidad de las armas químicas.
Afortunadamente el ataque ha sido tan letal como fugaz. En cuento la columna se ha desbaratado el enemigo ha cesado su ataque, tal vez convencido de haber ganado la guerra, tal vez obligado por la necesidad a recargar sus depósitos. Muchos nos hemos salvado, pero mire a donde mire veo dolor, preocupación, locura... Tengo la certeza de que ninguno de nosotros volverá a ser el mismo. Nunca más.

Día diez.

¿Cuánto va a durar esta guerra? El enemigo continúa apareciendo a oleadas cuando menos lo esperamos, dejando caer sobre nosotros su carga mortal de veneno y fuego. Incapacitados como estamos para contraatacar o defendernos, sólo podemos huir y escondernos en los pocos refugios que ofrece el páramo, a la espera de que gasten sus armas y tengan que volver a repostar.
El sargento se siente frustrado ante nuestra impotencia. Hace ya varios días que envió un informe al alto mando diciéndoles que era inútil continuar esta guerra, pero no ha habido respuesta. Aquí y allí empiezan a oírse rumores de que, en contra de todo convenio, la población civil y la reina están siendo atacadas. El silencio absoluto de las comunicaciones no ayuda. Sólo nos queda continuar.

Día once.

La comida se ha agotado y el hambre lleva a algunos a perder la cabeza. Ayer un convoy fue asaltado por nuestros propios soldados. Hoy un transportista ha sido ejecutado ante mis propios ojos, acusado de no haber ayudado a un herido para alimentarse de él. Esto es la guerra, la fría verdad que se esconde detrás de los cantos y las hazañas.
Hemos desayunado amargura por nuestros hermanos caídos y gas por cortesía de nuestro enemigo.
A mediodía se ha roto al fín el silencio de comunicaciones.
Ya es oficial: El hogar está siendo atacado.

Día trece.

El enemigo lleva dos días sin aparecer. Apenas queda nadie en la compañía y el resto del regimiento camina abatido, sin rumbo, sediento. Algunos desertan o se suicidan ante las miradas de sus superiores sin que estos encuentren fuerzas para censurar sus actos, otros pelean entre ellos, seguramente buscando una muerte audaz en una guerra que nos ha convertido en poco más que dianas de prácticas.
La comunicación llega al medio día, y nadie se sorprende. Ni siquiera es necesario escuchar el mensaje, pues está tan claro como el agua. Sin embargo la mensajera ha llegado hasta allí y se lo debemos, aunque sólo sea por su abdomen abultado, por su pata rota, por el ojo izquierdo reventado, por la pinza de su boca magullada... Una tras otra, chocamos las antenas con esa heroína que ha alcanzado a nuestro ejército, y una tras otra recibimos el mensaje, tan predecible como atroz:
El hormiguero ha sido destruido. La reina ha muerto.
Sólo nos queda dejarnos morir.

(c) Rafa del Río 2o11

lunes, 4 de abril de 2011

¿Quieres inspiración? ¡Adopta un gato!

Puede parecer tonto, pero va en serio: Si quieres inspiración, adopta un gato, y si quieres que el café esté dulce, échale azúcar.

Tengo un gatito blanco, una preciosisdad con sus ojillos azules, y tiene... pues de siete a ocho años, más o menos. No tengo muy seguro exactamente cuándo llegó a casa, pero creo que fue allá por el 2oo3, cuando llegamos a Ciudad real, vaya. Una época estupenda para las mejores y las peores cosas, o eso creo. Es una gatita blanca, preciosa, muy en su línea y completita a más no poder con sus cuatro patitas, sus dos orejitas, su hociquito, sus dos ojitos, su rabillo... lo que se dice una gata “full equiped”, y el nombre... es bastante friki: Chihiro. Sería bonito decir que se llama así por la película de Hayao Miyazaki, o por un bonito juego de palabras entre Chihiro (fantasma) y Shiro (blanca) pero estaría mintiendo. Se llama Chihiro porque mi mujer quiso, y no hubo más que hablar.
De pequeñita era un puntazo. Un puntazo que en ocasiones querías estrangular, pero puntazo al fin y al cabo. Las primeras semanas no controlaba sus uñitas, y yo llegaba siempre al trabajo plagado de arañazos y bueno... ¿Queréis reiros? Probad a llevar las páginas de sucesos a la directora con los antebrazos llenos de cortes y de arañazos. Había veces en las que la jefa me miraba como si estuviera planteándose llamar a la policía o hacerme un análisis de ADN in situ. Cuando se le pasó la manía de arañar (al gato, no la directora) le dio por explorar la casa. Por aquella época yo trabajaba dibujando en casa con un estuche de rottrings que utilizaban una tinta china especialmente espesa. Pronto quedó claro que:
a) La tinta china tiene una base de calamar y huele a pescado.
b) A mi gato le gusta el pescado.
c) La tinta china es casi imposible de quitar de los sofás, las cortinas, el suelo y la colcha de la cama.
d) Si queréis hacerle un tatuaje a vuestro gato, sólo tenéis que pintarlo con tinta china. Dura meses.

Y así vinieron otras trastadas, como el día en que se comió al niño Jesús del Belén de plástico de casa, la época en la que el no va más era tirar los vasos de café al suelo, el año que le dio por comerse los chivatos de los paquetes de tabaco, la moda de cazarme los pies cuando iba por el pasillo a oscuras o, la mejor de todas y muy reciente, cuando le entró la vocación de internauta y no hacía más que subirse al teclado cuando yo no estaba presente y teclear con furia para que la pantalla del monitor se encendiera e hiciera bonito. Todo esto se tradujo en un montón de emails enviados con mensajes indescifrables, contactos del msn cabreados pensando que se me iba la pinza por escribir raro y varios cambios de las opciones de carpeta que, ni a día de hoy, he podido restablecer.

Ahora el tiempo ha pasado y la pobre está viejuna. Sigue siendo su sitio favorito el respaldo de mi butaca al trabajar en photoshop o flash, y directamente mi hombro izquierdo cuando escribo, como por ejemplo ahora, donde se tumba relajada a ver pasar las horas y esculcarse el pelaje.
Y aunque ya no es un gatito y tiende a clavar las uñas y a babear más de lo que me gustaría (tampoco mucho, es un gato, no un San bernardo) siempre he pensado que es desde ese sitio privilegiado en mi hombro desde donde, sabia como saben serlo los gatos, me invoca para mí la inspiración. ¿Una locura? Pues claro, quién dijo que yo estuviera cuerdo, pero no soy el único loco. Y si no pensadlo bien, los gatos han estado tan presentes en el arte que es casi una parte de su felina naturaleza. No voy a enrollarme con los egipcios y sus paranoisas fetichistas con todo eso de que los gatos eran semi dioses, pero si os pido que le echéis un ojo a la literatura.
Es en Alicia en el país de las Maravillas donde Lewis Carroll pinta al más famosos de los gatos y su sonrisa enigmática; Jim Butcher también lo elige como mascota, al igual que Githa Ogg, la simpática bruja de Terry Prattchet; Los aristogatos fue una rebelión en su momento, y nadie ha oído hablar del perro con botas, ¿verdad? Como tampoco fue un perro quien acabó el cuento de la Ratita presumida (presumida y un poco gilipollas, todo hay que decirlo). Canción de Cazarabos, de Tadd Williams, es un canto entrañable y aventurero a estos pequeños animales, perennes en las obras del choricillo de Shakespeare y de otros inmortales como Plauto, Safo de Lesbos e incluso Christopher Moore: ¿Quién no adora a Chet, el gato enorme de los vampiros de San Francisco?
Pero no sólo de libros viven estos simpáticos animalillos: tienen su propio movimiento musical: el Cat Jazz, cientos y cientos de canciones: Alleycat, Los gatos lo sabrán, Blue sad cat e incluso grupos en su nombre: gatos locos, Wild cats... En la pintura, son un icono importante, como demuestra la Tourne du chat noire, e incluso en la arquitectura monumental, como demuestra la ciudad de Egipto. Son famosos en el cine y la televisión, y hasta en la gastronomía tienen su elemento, cono esas deliciosas lenguas de gato o el magnífico restaurante El callejón de los gatos, de Albacete.
Por ello, os lo digo en serio: si queréis inspiración, adoptad un gato. Sus locuras os darán la chispa, horas de conversación y un montón de trabajo extra, es verdad, pero no os extrañe que, en su compañía, las historias se agolpen en vuestra cabeza, haciendo cola por salir, invocadas por un maullido tan tenue como musical.
Y por Dios, adoptad, no los compréis. Es tonto pensar que el mero hecho de pagar por ellos os convertirá en sus dueños, pues a la larga seréis, como mucho, esas enormes y torpes criaturas a las que, inexplicablemente, han decidido regalar con su cariño.

martes, 29 de marzo de 2011

Relato Noir: Amargura

Un relatito noir para abrir boca a la espera de los resultados del 1º concurso de la gangsterera.
Acepto críticas hirientes y bocados en la nuez, al fin y al cabo no acaba de convencerme, me parece un poco... infantil.


Amargura.



––Y ahora, ¿qué?
Me lo preguntó en serio, como si de verdad creyera que estuviera en mi mano dar una respuesta a su estúpida pregunta. Entrecerré los ojos y le lancé una mirada cargada de rabia. Él se limitó a sonreír, o al menos lo intentó. Ahí tirado, con los dientes astillados y la boca manchada de sangre, me hizo pensar en la imagen de un piano después de pasar por las manos de Salvador Dalí y Pablo Picaso. No pude evitar una sonrisa histérica que él malentendió, seguramente a propósito.
––Te quiero.
Lo dijo en un tono de voz infantil, como si no fuera capaz de enfrentarse a la verdad sin esconderse detrás de un disfraz confeccionado de algodón de azúcar, una imagen que sabía, o creía saber, que me enternecería. No podía estar más equivocado. Nunca había sido la estrella que más brillaba del firmamento pero lo de aquél día... Lo de aquél día había sido demasiado.
Sentí que la bilis me subía por la garganta y un nuevo acceso de rabia pugnaba por apoderarse de mí. Traté de serenarme y miré al Hudson, sobre la tapia de la azotea.
Un portaaviones había atracado en el West Side y grupos de familias lo acosaban como un reguero de hormigas alrededor de un saltamontes moribundo. A la luz del radiante sol del mediodía los turistas pululaban bajo gorras de béisbol de los Yankees y los Mets, vestidos con sus camisetas de chillones colores y armados sus brazos regordetes con cámaras fotográficas, bolsas de recuerdos de Phantom of Broadway y coronas de gomaespuma de la estatua de la libertad. Visto desde lo alto del edificio de la estrella, parecía que alguien hubiera derramado un puñado de M&Ms gigantes sobre la acera y estos rodaran entre chillidos de alegría rumbo al mar.
“Vamos, chicos, está fresquito”.
Menuda idea para un spot publicitario. Ah, si hubiera podido seguir con mis estudios...
––Lo siento ––farfulló.
De todas las cosas que podía haber dicho, había tenido que elegir la menos acertada.
Lo siento.
Como lo sintió hace tanto tiempo, cuando las cosas empezaron a torcerse, cuando sucedió aquello que, por supuesto, nunca más volvería a pasar. También lo lamentó la siguiente vez, ¿por qué no? Y por supuesto lo sintió cuando, una vez más, el alcohol superó las diminutas barreras de su limitado autocontrol. Siempre lo sentía, eso era cierto.
Los dos lo sabíamos.
Pero esta vez había ido demasiado lejos, y mamá ya no estaba con nosotros para protegerle.
No soy capaz de recordar lo que sucedió a continuación. Sé que escuché un grito ronco, seguramente mío. Y luego un alarido. Seguramente fuera suyo.
***
La voz del fiscal me saca de mi ensimismamiento y me devuelve al frío juzgado en el que se analizan mis pecados al trasluz de un rasero que nunca ha sido el correcto.
––Señor Sánchez, ¿empujó a su hermano desde la azotea de un edificio de treinta y cinco plantas y no sabe de quién fue el alarido?
––¡Protesto! ––se apresura a gritar mi abogado.
Pero llevo demasiado tiempo sin dormir como para hacer caso de la película de juicios de escaso presupuesto que se desarrolla ante mis ojos.
Mientras las voces de los tipos con trajes caros discuten sobre mi destino, las imágenes vuelven a mi cabeza obligándome a revivir una y otra vez mi infierno personal: Mis ojos se giran hacia mi hermano, cansados de mirar al Hudson, y por el camino tropiezan con la mirada sin vida de su última víctima, apenas una chiquilla. Hay sangre en el suelo, y también sobre sus cabello rubios. Los bracitos blancos están desollados e inertes. Aprieto los dientes. Por el amor de Dios...
Inicio así una carrera hacia mi destino, dos pasos que se hacen mil en mi cabeza, como si tratara de correr a través de gelatina en pos de ese Abel de pesadilla en que los años han convertido a mi hermano. A cada paso imposible una imagen me cruza el alma y un recuerdo me abandona, como en la vieja historia de Michael Ende, aquella que nunca acababa. Así, cuando llego junto a él, mi pecho está vacío aunque mis ojos me escuecen por culpa de las lágrimas. Me sorprende la fuerza con la que lo levanto del suelo, llamado, quizá por la furia, a purgar al fin los pecados de este monstruo con el que compartí seno materno desde el momento de nuestra mutua concepción.
Lo que sale despedido de la azotea no es más que una parte de mí. Una parte horrible y oscura, y aún así, la mejor parte.
El golpe es tremendo, y después todo se funde en negro a la espera de la llegada de la policía y del impecable sistema judicial que, erigiéndose en Dios sobre la tierra, me maldecirá porque, esta vez sí, he decidido ser el guardián de mi hermano.

© Rafa del Río