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martes, 23 de abril de 2013

Relato: Estirpe de dragón, la auténtica historia de San Jorge.


Hacía frío. 
Qué demonios, en la Capadocia siempre hacía frío. Especialmente en ese rincón perdido, Satán se llevara su nombre. La luz mortecina del alba, luz que no iba a aumentar mucho a lo largo del día, iluminaba a duras penas un pequeño descampado en el risco, apenas una terraza conquistada por las brumas y la nieve.

Turce terminó de liarse el cigarrillo y volvió a enfundar sus manos en los toscos guantes, apenas dos remiendos de retales sin forma. 
-Así que un dragón, ¿eh? -gruñó con una voz que era como un martillazo en los oídos. 
La bestia resolló, sin quitarle el ojo de encima al hombre. Una fina llamarada de color azul surgió de sus fauces. Turce aprovechó para encender la punta del cigarrillo y aspirar una densa bocanada de apestoso humo. 
-Menuda putada... -murmuró entre dientes.
La muchacha yacía desmayada bajo un matorral especialmente resistente. No se podía negar que había elegido un buen sitio, a salvo del viento helado. Bien protegida por la espesa capa blanca y la gruesa capucha, sus cabellos rubios apenas dejaba entrever sus mejillas sonrosadas como melocotones en verano. 
Si es que alguna vez era verano en ese maldito lugar.
-Lo que no acabo de entender -confesó Turce arrebujándose aún más en su capa, un retal mal cortado de basta arpillera- es que el rey haya permitido que se ofrezca a su hija como sacrificio.
El dragón se encogió de hombros en un movimiento tan ominoso como la separación de los continentes.
"Era un sorteo", dijo mentalmente la bestia.
Turce, gran conocedor de la especie humana, sonrió.
-Ya.
El humo azulado ascendió lentamente en el frío amanecer.
"Antes me traían corderos", informó el dragón. "Se repetían menos, la verdad, y no lloraban tanto".
-¿Antes? -quiso saber Turce.
El dragón suspiró mentalmente, lo que debe ser un poco complicado.
"Antes", repitió. "Pero los animales empezaron a escasear y el pueblo decidió enviar a personas".
Turce volvió a dar una profunda calada al cigarrillo, pensativo. 
-Venga ya. Una oveja puede aparearse desde el primer año de vida y da a luz hasta a tres criaturas al año. En algunos casos más... -recitó, como si acabara de leerlo en algún sitio muy, muy lejano-. El ciclo humano es bastante más lento.
El dragón pareció meditar en las palabras del hombre.
"¿Supongo que no querían perder su leche?"
Turce, que había estado en el pueblo y había visto los rebaños de cabras y vacas pastando junto a las ovejas, no dijo nada. 
El dragón se vio obligado a rellenar el silencio: 
"De todas formas tengo entendido que le dan riquezas y tierras a los que pierden a un familiar por... el sorteo", dijo, un poco avergonzado.
El hombre sonrió de lado.
-Colman de riquezas a los que pierden una hija por... el sorteo. ¿No sería más lógico usar esas riquezas para comprar más corderos? No sé mucho de finanzas, pero me parece mucho más barato. Y menos jodido.
La bestia enarcó una ceja y miró al hombrecillo que fumaba tranquilamente delante de sus fauces. 
"¿Qué insinúas?".
Turce se encogió de hombros.
-Insinúo que nos la han jugado, amigo. Hay algo aquí que no me cuadra.
El sol ascendió sobre el risco, visible a duras penas a través de las espesas brumas. 
"Sea como sea, sabes cómo acabará esto". El dragón no parecía especialmente ufano. "Tenemos que luchar a la luz del sol que convertirá las nieves en fuegos fatuos, resollantes, con el sudor convertido en niebla rodeando nuestros cuerpos en el fragor de la batalla y todo eso".
Turce enarcó una ceja y no dijo nada. 
"No quiero asustarte, pero espero por tu bien que lleves una espada mágica o algo, porque soy bastante duro de pelar. Y lo digo sin ánimo de alardear".
El cigarrillo se apagó en los labios del hombre, que lo dejó caer al suelo y lo pisó con sus botas remendadas.
-No vamos a luchar -dijo.
El dragón lo miró a los ojos y esbozó una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes afilados y enormes como la reja de un castillo.
"Entonces será rápido".
Turce hizo un gesto vago con la mano. 
-No vamos a luchar -repitió-, porque no quiero matarte. Hay una bestia malvada y cabrona en estas tierras, pero no eres tú.
"Me como a la gente".
El hombre se encogió de hombros.
-Te comes lo que te ponen en el plato -corrigió-. Cualquier madre te diría que eso no es ser malo, es tener buena educación. 
El dragón pareció meditar las palabras del hombre. 
"¿Qué propones entonces?"
Turce se quitó los guantes y empezó a liarse un nuevo cigarrillo. 
-Vete. Márchate bien lejos. Para empezar no sé ni por qué estás aquí. Debe haber como un millón de sitios mejores que éste en el planeta. Yo diré que he acabado contigo. Perduraremos en la memoria y, lo más importante, seguirás vivo. 
El dragón volvió a encender el cigarrillo de Turce casi sin darse cuenta.
"Eres listo, hombrecillo, pero yo no soy tan tonto".
Una densa bocanada de humo enmarcó la siniestra sonrisa de Turce mientras miraba al dragón a los ojos.
-Tal y como yo lo veo, tenemos dos opciones: la primera, haces lo que te digo, te marchas, y vives lo suficiente como para convertirte en leyenda y disfrutarlo.
La bestia sonrió. 
"¿Y la segunda?"
 Turce extrajo algo de su raída capa.
-Antes me preguntaste si tenía una espada mágica -gruñó-. Lo que tengo es esto.
El dragón no pudo evitar mirar con temor la pequeña hoja que el hombre sostenía en las manos. La daga, de aspecto maligno, estaba oxidada y surcada de ángulos y curvas que la convertían en algo más parecido a lo que podrías encontrar sobre la mesa cubierta de manchas rojizas de una mazmorra junto a un tipo con  capucha negra que en el arsenal de un caballero. 
-Y créeme, yo no voy a ser rápido.
Algo en la mirada de Turce, una ira salvaje y mantenida a ralla por una voluntad de hierro, hizo que el dragón meditara cuidadosamente sus siguientes palabras.
"¿Y a dónde iré?", preguntó, al fin, dándose por vencido.
Turce sonrió. 
-Eso es cosa tuya -contestó-. Tengo entendido que hay un maravilloso lago en las Highlands lleno de peces y rodeado de brumas y verdes pastos. Podrías echarle un vistazo.
"Escocia, ¿eh? Es una opción", aceptó el dragón, a regañadientes. "Y tú, ¿qué harás?".
Turce miró a la princesa y sonrió de lado.
-Iré a hablar con el rey.

Grande fue el jolgorio que rodeó el regreso del caballero Turce a la aldea, y grandes la pompa y el boato con el que fue recibido en la corte quien había rescatado de las fauces de la bestia a la mismísima hija del rey. Riquezas y tierras fueron ofrecidas, pero el noble caballero rechazó todas ellas en favor del pueblo, pidiendo eso sí, el honor de un encuentro en privado con su majestad, el padre de la princesa. 
Cuando el caballero Turce, mucho antes de ser rebautizado, antes de que su nombre traspasar las fronteras y antes de ser santificado, salió de los aposentos privados de su majestad el rey, portaba una rosa, roja como la sangre, en sus manos. Ofreció la flor a la bella princesa, y, con un casto beso en la mejilla, se despidió con las siguientes palabras:
-Ahora sí estáis a salvo.

Mientras, muy lejos de allí, los parroquianos de un viejo pub de las Highlands no dejaban pasar una noche sin hablar, con una pinta de buena stout en sus manos, de la extraña criatura que decían haber visto en el lago Ness... 

  



jueves, 21 de marzo de 2013

Anónima paseante.

Camina con la fuerza y la elegancia de una pantera en la selva, única conocedora de una sabiduría manifiesta en sus gestos, en sus andares, en ese aire suficiente con el que arroja su melena cándida a los oscuros albores de un atardecer que se hace noche. 
El semáforo ante ti se pone verde, pero ella, princesa infinita del tiempo que a su antojo maneja y recrea, se limita a caminar a paso lento, delicado, perdida en la cadencia de su propio caminar mientras escribe, decadente, un mensaje en su whatsup. 
Los coches esperan, parado el tiempo en la silueta que se recorta contra el sol rojo que ya muere, y cuando al final cruza, no puedes evitar avanzar tu coche y colocarte, a su paso, junto a ella. 
Da igual que tu esposa y tu hija te miren, sorprendidas, desde el asiento trasero: A veces hay que jugarse la vida a cara o cruz y tirarlo todo por la borda. 
Por eso te pones a su altura y bajas la ventanilla. Por eso te asomas y la miras, con una sonrisa anhelante. Cuando ella, con picardía, se hace la ausente, respondiendo de soslayo con su mirada a tus ojos; sonríes como un lobo y se lo dices:
-Gilipoooooollas. 
Niñatas pijas a mí... 
Con la boca llena y muy a gusto, sintiéndote como un pequeño Dios, dejas que el motor del coche cante un ronquido de satisfacción".

¡¡¡FELIZ JUEVES!!!

miércoles, 6 de marzo de 2013

Relato: Antes de que amanezca.



Todo empieza antes de que amanezca, con el ruido de tus llaves arañando el metal de la puerta. Te acercas a mí soñoliento y, sin una palabra, me miras y pintas en tu rostro macilento y sin afeitar una sonrisa que me resulta tan contagiosa como excitante. Yo, por mi parte, no puedo menos que mirarte y sentir, como una corriente eléctrica, el sabor de la anticipación apoderándose de mi cuerpo.
No son necesarias las palabras, nunca lo han sido, los dos sabemos que sólo necesito tus pasos masculinos y ese gruñido tan sexy con el que sueltas la chaqueta y el portafolios sobre tu mesa de trabajo. No pierdes la sonrisa y carraspeas, llevándote una mano nudosa y varonil a los labios. Temblorosa, trato de serenarme para que no comprendas que tú, entre todos los seres de este mundo, das auténtico sentido a mi existencia. Pero no hacen falta más engaños, pues los dos sabemos que somos lo único que tenemos, y por eso acercas tu mano a mí, y, aún callado, pasas tus dedos cálidos sobre mi cuerpo, llegando casi sin quererlo a esos botones que sólo tú conoces tan bien.
No puedo evitar tardar un poco, nerviosa, llevada por los celos de tus compañeros de trabajo y sus comentarios malintencionados acerca de la nueva, la del departamento de al lado, con su aroma a vainilla y su sofisticado traje rojo. Pero tú no me haces reproches, sino que sigues fiel a mí, y esperas, paciente, a que olvide mis miedos y me entregue por completo. Voy respirando, al fin, jadeante, sintiendo ese calor asfixiante y delicioso que sube desde mis entrañas cada mañana, antes de que amanezca, cuando posas tus manos en mí. Tú me sigues acariciando, sonriente, esperando al momento álgido en el que tus labios se acercan y, perdido ya todo el decoro, olvidados nuestros tabúes, bebes de mí como de un manantial, como si realmente fuera yo y sólo yo la fuente de toda la vida que en tu interior habita.
Es entonces cuando más disfruto, perdida en el placer de saberme tuya, caminando como en sueños por cada rasgo marcado de tu rostro atractivo y maduro. Imagino, no temo decirlo, que soy una para siempre con tu pantalón de tela, con la camisa siempre arrugada que vistes con premura en la madrugada, con esa eterna chaqueta y ese ceño ya fruncido por el duro día de trabajo que nos espera.
Por unos segundos, antes de que amanezca, me siento amada, aunque sólo sea por unos instantes. Hasta el momento en que perdida la sonrisa me abandonas, como siempre, cuando el sol ya pinta el cielo, con un gracias más imaginado que dicho. Yo, estúpida de mí, te respondo con un pitido inaudible, jadeante y vaporoso. Como esa cafetera vieja y tonta que soy y que sabe, aunque se mienta a sí misma, que antes o después acabará siendo abandonada por esa otra, la nueva, con su aroma a vainilla, su carcasa roja brillante y su café con sabor a caramelo.
Pero ya es tarde. El sol sale. Sólo me queda soñar con que mañana, una vez más, volveremos a fundirnos en un profundo trago.

Rafa del Río

martes, 5 de marzo de 2013

Nuevo relato: La abuela

Hoy he decidido que voy a volver al mundo de la escritura. No se trata de que vaya a intentarlo. No se trata de que vaya a echarlo a cara o cruz.
Ná.
Voy a volver.
Ana ya empieza a estar mayor y... qué narices, el gusanito me lo pide (no, no os hagáis imágenes raras, que ya os veo venir).
Y para inaugurar el regreso... ¿Qué mejor que un relato como este?
Espero que os guste, va dedicado a A.m.Caliani que hoy, casi sin querer, me ha devuelto las ganas por escribir algo como esto.
Espero que os guste y perdón por la desaparición... Los niños. Ya se sabe ;)



La abuela.

Sus manos acarician el pan con el toque amable de los viejos conocidos. Sin violencia, casi con mimo, las manos se mueven con firmeza sobre la masa en la justa elegancia de los que a punto estuvieron de crecer juntos. La levadura va despertando al calor amoroso de esos dedos que son para ella un hogar, y mientras las elásticas fibras trazan dibujos intrincados en las grietas de una piel ya ajada hace mucho, los pensamientos vuelan hilvanados en una nube, tal vez un enjambre, de memorias que lejos están de pensar siquiera en desaparecer.
Fue...
Sonríe pícara.
Ella fue...
Una estrella,
la primera, en el anochecer de otras ansias. Nunca faltó atento público a su blanca pantorrilla, desvergonzada pieza de porcelana nívea, mujer espléndida, coqueta... Faro de la noche a medias mostrado al alzarse, apenas un pulgar, el telón de unas faldas tupidas durante el baile sin fin de aquellas fiestas de mayo. Tampoco faltaron poetas que cantaran su sonrisa, aunque fueran de vocal analfabeta, más duchos con la azada que con la palabra, y fue vestida su mirada y su hermosura por trajes escritos a pulso o cantados de iletrada memoria en rimas que lo que perdían de enrevesado lo ganaban en sincera y honesta admiración.
Fue...
Una alegría que se pierde en añoranzas, da un toque de luz a su mirada.
Ella fue...
La luna,
la belleza inalcanzable de ese brillo de plata en una noche de verano, el camino argento que riela hasta el infinito del mar prometiendo tesoros imposibles en un guiño otrora seductor que se convierte en cómplice con el tiempo. Y con el tiempo besó la tierra, y el imposible perdió su fuerza en los brazos de ese soñador enamorado que ahora la mira impaciente, tierno galán y caradura postrado, desde la foto enmarcada en caoba y termitas. Modelo vestido de boda que la insta con su sonrisa no caduca, imperturbable, a reencontrarse de nuevo allá donde quiera que el maldito fuera cuando abandonó, por causas de fuerza mayor, no sólo el hospital sino también la familia, el mundo, y todo lo que en ellos, alguna vez, hubo a bien el habitar.
Fue...
El suspiro se hace más leve, más ligero. Alegre.
Ella fue...
Un mundo,
un mundo entero, y como la gran Gea de los haedos, a la que ella apenas conoce más que de oídas de una mitología que se pierde en la memoria, dio ella a luz a sus hijos de la mano de un tiempo que, en este mito, no amenazaba con comerlos, a no ser que fuera a besos y desde el más profundo de los amores.
La vista se nubla en una torcida sonrisa de cinismo.
No todos salieron adelante, eran otros tiempos y casi, casi, otro espacio: Unos nacieron muertos, otros cayeron al frente, con una cruz o un libro rojo, eso ya no más no importa, aunque siga doliendo en las entrañas. Pero algunos perduraron, y los que valieron araron los campos en más de un sólo sentido y viajaron, derrotando las fronteras -que entonces parecían de piedra-, de un pueblo que ya por entonces amenazaba con quedar vacío.
Fue...
Vuelve a reír, poderosa.
Ella fue...
Un pueblo,
una fuente de cultura que, aunque con el dedo y de corrido apenas leer pudiera, se convirtió en ama y sirviente de su propia casa, partera y doctora en las aflicciones de los suyos, y estratega, militar doméstica, botánica y juez mediadora, amante de ese que aún espera y dolorosa enterradora de féretros, unos ligeros al peso, otros cargados de piedras. Nunca faltó saber en sus acciones, inteligente como sólo la necesidad enseña. Convertida en leona, aunque maldita fuera si imaginar pudiera una, se enfrentó a la vida, a la tierra, al hombre y a sus propios sueños para albergar a los suyos y darles, aunque fuera, una oportunidad de entender todo aquello que ella, en su ignorancia, no fue capaz siquiera de alcanzar siquiera con las puntas de los dedos.
Fue...
Menea la cabeza, cansada.
Ella fue...
Pero ya no hay tiempo,
la masa reposada ha aumentado su tamaño, desprendiendo ese olor húmedo y casero a lluvia sobre la tierra, a hierba recién cortada, a familia reunida y dolor del alma. El horno de leña espera, ya ardoroso, expectante, para envolver en su calor al pan. Un calor mayor, quizá, pero menos amoroso que el de las manos de la anciana.
Pronto el aroma a pan recién hecho, a corteza crujiente y miga esponjosa envolverá la vieja cocina de piedra, y entonces vendrán los hijos, y los nietos, que la mirarán como a un extraño porque la abuela esta chocha, porque la abuela no rige, porque la abuela, con las cicatrices de la guerra en las espaldas y la marca de sus hijos en las entrañas, ya no entiende: es de otro tiempo y no sabe lo difíciles que son ahora las cosas.
Y ella reirá, y será feliz de verlos. Aunque cada vez sean menos, aunque cada vez tarden más en venir, la abuela sonreirá imperturbable a las peleas entre hermanos, a las miradas aburridas que le dirigen sus nietos con esos ojos separados por apenas un instante diminuto de las pantallas de sus móviles de miles de colores. Imperturbable, en fin, a los tiempos, la abuela, con sus siete hijos y sus quince nietos, con ese pequeño bisnieto que es tan reciente que ni chapurrear puede, la abuela será feliz. Porque ella es de otro tiempo y sabe lo difíciles que pueden parecer ahora las cosas.

Rafa del Río.

viernes, 22 de julio de 2011

Spieël

 
Tu nombre es Spieël.
Te reconozco.
Te reconozco en los sueños infructuosos que se arremolinan a mi espalda,
en las tardes vacías que amenazaron con asfixiarme,
en los textos legendarios que se perdieron en horas pasadas,
en las risas de los viejos amigos que a mis espaldas cobraban
treinta monedas de plata cada vez que me entregaban.
En el miedo que a veces me embarga,
en el dolor de la distancia,
te reconozco,
Spieël.
Eres las horas que lentas pasan en la eterna espera
o, más que eterna, milenaria,
la risa floja con la que enmascaro mis temores,
mis carencias y mis falacias;
el dolor de no saber o de saber más que nada,
el retrato de un olvido que no llega a mis palabras.
...
Te maldigo.
Spieël,
Fría imagen del mundo, distorsionada y rajada.
Un reflejo,
una grieta en el espejo,
olor a viejo,
el dolor de saberme inútil,
la proximidad de la tumba
y el acre sabor del miedo...
El volver a tocar fondo
y a levantarme de nuevo.
Y otra vez... Al final del pasillo: Tú.
Estoy cansado de ti.
Y te conozco,
Spieël.
Eres el dolor de un domingo con los deberes sin hacer,
la tristeza de una habitación vacía suyas sábanas hay que recoger,
la rima sencilla y burlona de infinitivos pegados,
el dolor de saberme inútil y cansado,
los participios odiosos,
las letras que llenan, estúpidas, mis rincones,
el hielo que escarcha mi alma
y hiela nuestros corazones.
El color dulzón del alba,
la melodía vendida,
la soledad vacía y el llanto acre de una inhóspita llamada.
Spieël.
Ahógate.
No eres más que ese recóndito sitio
al que van a parar mis lágrimas cuando dejo de llorar.

martes, 19 de julio de 2011

Una de mar y otra de arena

“Te despiertas temprano, el día te sabe a tierra y humedad, a rocío de albaricoques e hibiscos, a cloro de piscina y a ese aroma tan verde, como de seto, que se puede respirar en todos los residenciales de interior.
Limpias la casa con una sonrisa, con especial atención a los rincones pues incluso tan sólo cuatro días dan para mucho cuando las arañas hacen su agosto –aunque sólo sea julio– a la hora de tejer sus finos hilos al infinito. La comida te sabe a un poco que se convierte en mucho en el taxi.
Maletas, aviso a los vecinos, ruidos... 
Y hasta luego.
Hasta luego para sentarte al tren, o en el tren, o en ese asiento de segunda, algo sucio y aún ajado por el viajero anterior. Te sabes incapaz de prestar atención a la película que se emite en la distancia, más atento a los ronquidos y las frases a medias, a las chicas de interior que empiezan la fiesta en el tren –ay, el Puerto...– soñando a golpe de cubata con un gaditano morenazo y algo gitano, con colgantes de coral y coco, pendientes de madera y tintos de verano y mojitos al anochecer en la orilla.
Verano...
Poco a poco somos víctimas de un cambio imperceptible en el ambiente al cruzar Despeñaperros: Una súbita levedad en la presión, una atmósfera distinta de calor, una coloración nueva del cielo, ese algo indescifrable y distinto que dejaron los omeya antes de partir de vuelta a la patria.
Al Andalus... 
Y pasamos por Córdoba y Sevilla, por Dos hermanas, Jerez, el Puerto...
Y una voz, el heraldo que siempre canta aunque nadie haya en el vagón, se parafrasea a sí misma una y otra vez en el tiempo:
–Ya se ve Cádiz. 


Es entonces cuando sabes que vuelves al hogar, tal vez ya no tu hogar, pero sí ese hogar de la juventud, esa vista del parque desde la casa de tus padres, el mismo parque en el que los primeros besos y las primeras riñas fueron todo lo que necesitaste para convertirte en lo que ahora eres. 


Sabes que ha llegado el momento de abrazar la arena con las manos, con los ojos abiertos entre las brumas saladas del mar, hinchados los pulmones con la alegría de un aire que huele a algas y a verano, a vacaciones y a vida. Sabes que luego llegará el descanso, la noche con sus copas y sus sorpresas Esos recuerdos, a veces dulces y a veces amargos; esa brisa de estrellas que te embriaga aún más que la copa que sostienes mientras miras retador a las olas oscuras cuya presencia delata las blancas crestas de una espuma tan antigua como el amor. Sabes que luego vendrá la ternura, las conversaciones en familia, los paseos con la sobrina, los juegos con su primastro en la playa, la visión de unos padres que ahora abrazas con más fuerza, como si tuvieras miedo a perderlos...


Y con todo esto, como no podía ser menos, viene la inspiración. Una inspiración no exenta de tristeza, manchada por esos días en los que el mundo apenas te dejaba respirar, una inspiración que gusta y duele a partes iguales, como ha de ser, pues no puede existir genio sin tortura y sólo de los errores nacen las mejores decisiones. Sabes que la cabeza te funcionará a mil, que la mirada se perderá encontrado las piezas que le faltan a esa clave que ronda en tu cabeza. Sabes que todo funcionará como debe ser.
...
Porque alguien acaba de decirlo:


Ya se ve Cádiz”.

     Y lo dicho, ya estoy de vuelta. He encontrado más de lo que necesitaba y encima hemos disfrutado unas vacaciones que bien falta que nos hacían. Reconozco que tal vez el texto me haya quedado un poco demasiado poético, pero qué queréis, hoy estoy un poco tontorrón: Este fin de semana recibimos la visita de unas personas muy especiales y ahora me siento como el protagonista de ese clásico adagio que reza que son mejores las pesadillas que los dulces sueños, pues así el despertar no resulta tan doloroso.
Han sido unos días geniales en Cádiz y un finde tan bonito en Ciudad Real con ellos que, ahora que el martes finalmente me ha despertado, sé que les echaré de menos. 

Un abrazo a todos y buen inicio de semana!!

Y tú ya sabes, Shei... ya estáis tardando en volver, niña ^_~




viernes, 8 de julio de 2011

Juanito y los derechos humanos.

"Juanito era un chico normal, uno de tantos que caminan sobre la faz de la tierra: Sacaba unas notas mediocres, no destacaba en los deportes, sabía perderse en un buen libro y disfrutar de una peli de acción; compartía su tiempo entre los videojuegos y algunos amigos, se sentía feliz en verano al paso de una minifalda o un escote generoso, discutía con sus padres, pasaba algunas noches en vela...
Lo normal. 
Lo que Juanito tenía diferente, lo que le hacía especial, o al menos eso creía él, era la rabia. No la rabia de Mister Furioso, de ese Ben Stiller en Mistery men, pero casi: Una rabia que surgía ante la injusticia y la arbitrariedad social, ante el dolor ajeno, el abuso y la explotación, porque Juanito era, sobre todo y ante todo, una buena persona. Y por eso se rebelaba cuando el gobierno a través de la SGAE y viceversa le obligaba a pagar el canon por una caja de CDs saltándose el principio de presunción de inocencia al asumir, sí o sí, que Juanito iba a piratear. Por eso se indignaba cuando alguien en un autobús hacía un comentario racista sobre esos "putos chinos", porque Juanito pensaba que, a fin de cuentas, los chinos no hacían más que trabajar y sonreír a pesar de la mala educación y los malos modales que los compatriotas españoles de Juanito, los más zafios, brutales y débiles mentales, esgrimían contra los orientales. Por eso explotaba de ira cuando se enteraba de que habían vuelto a expatriar a un rumano por el simple hecho de cumplir con su trabajo de vigilante en un almacén nocturno, lloraba cuando alguien era apaleado por razón de su color y, a pesar de no tener ningún amigo gitano, Juanito sabía a ciencia cierta que todos, al fin y al cabo somos iguales.
Porque sí, sobre todo y ante todo, Juanito era una buena persona. 
Y un día, Juanito creció.
Creó con toda ilusión un portal web de intercambio de mascotas virtuales, nada serio al principio, un simple hobby, por ayudar a los demás. Y un buen día, casi sin darse cuenta, el portal empezó a dar dinero. Primero fue la simple publicidad de una tienda local, después una web de descargas, más adelante un taller de reparaciones de alta tecnología, luego las diversas marcas de mascotas virtuales comenzaron a invertir en él.
Y empezó a ganar pasta.
Otro buen día Juanito descubrió que si eliminaba los enlaces a otras páginas amigas podría quedarse con el monopolio del mercado, y poco a poco fue eliminando dichos enlaces. Luego descubrió que si la gente que comentaba en su web seguía enlazando a páginas externas seguiría perdiendo dinero, así que recortó esos comentarios. La gente se quejó, por supuesto, pero Juanito lo tenía todo pensado: kick-ban kick-ban kick-ban... poco a poco fuer eliminando a los usuarios que le molestaban, suprimiendo sus comentarios e incluso modificando sus perfiles y sus palabras para que dijeran lo que él quería leer.
Y así, poniendo límites a esa libertad de expresión que creía adorar, Juanito empezó a ganar PASTA... Y se hizo rico.
Contrató a un arquitecto amigo suyo para que le diseñara la casa de sus sueños, una residencia colonial en lo alto de un monte de la Alpujarra, o puede que en Alcalá, ¿tal vez por el Tividabo? El arquitecto le propuso un grupo de albañiles muy profesionales, pero Juanito prefirió contratar a un grupo de mano de obra barata que un capataz sin escrúpulos le propuso de tapadillo. Era posible que los chavales -la mayoría estudiantes y licenciados inmigrantes- no cobraran su sueldo, era posible que no estuvieran dados de alta en la seguridad social y que en caso de accidente un boquete en algún descampado fuera la mejor opción, pero bueno...
Él les estaba dando trabajo.
Cuando la casa estuvo terminada, el capataz huyó con el dinero y los albañiles se pusieron en huelga en la puerta de su casa, así que Juanito, todo indignado él, llamó a los de inmigración para que le sacaran del apuro, porque, a fin de cuentas, sobre todo y ante todo, Juanito era una buena persona.
Con el dinero que sacaba de la web y lo que había ahorrado en “b” en la construcción de la casa, Juanito decidió montar una empresa diferente para desviar fondos, y como la chica que le gustaba era una enamorada de los zapatos, Juanito montó una zapatería de alto estanding en pleno centro para surtir a su futura prometida de todo el calzado que pudiera desear. La cosa fue viento en popa y Juanito se olvidó de la web, que ahora estaba en manos de programadores profesionales. 
Un día, puede que un buen día, más bien uno malo, llegó la crisis y la zapatería empezó a hacer aguas. La gente no tenía dinero para gastar, le decían, pero entonces... ¿Por qué en la tienda de al lado, en la de los chinos, la gente seguía comprando zapatos? Juanito no podía entenderlo, seguramente por eso volvió a las cuatro de la mañana en busca de respuestas, cuando las únicas luces que iluminaban la calle eran las de la oxidada farola, la del interior de la tienda de los chinos y la de la potente llama del mechero Ronson de oro y pedrería que acercaba lentamente al trapo empapado en alcohol que salía de la botella de benzina que llevaba en la mano izquierda.
Juanito volvió a sentir la rabia. Mientras el cóctel molotov volaba en arco girando en círculos ardientes contra la tienda de los "putos chinos", Juanito supo que estaba haciendo lo correcto porque, a fin de cuentas, sobre todo y ante todo, él era una buena persona.
Y tú... 

¿También eres una buena persona?"


Y fin, espero que me perdonéis el cinismo, pero es que el calor me pone existencialista total. Por cierto, antes que me olvide, voy a pillarme cuatro días de apagón digital para centrarme en una novela que estoy empezando y no paso el capítulo I, así que hasta el miércoles estaré desaparecido. Si necesitáis algo, lo que sea, dejad un comentario aquí, que me avisa a mi mail personal y ya me pongo en contacto con vosotros. Si no, lo dicho, nos vemos el miércoles de nuevo. Un abrazo tochismo, pasad un finde de puta madre y que vaya genial el inicio de semana. 
Ta lue!

PD Isabel, Adrierika, muchismas gracias por entrar. En cuanto vuelva tengo que mirar vuestros blogs, que me sabe mu feo no devolver el comentario, pero lo dicho, muchas gracias. 
PPD Anna, pues nada, vodka negro on the rock y caldito de pollo para el próximo boom comercial (con lo rico que están el gazpacho y la absenta, sigh!) Un besote!
PPPD Muchas veces os he comentado en vuestros blogs (puede que en este también) que hace unos años me descoloqué y pasé una depre de caballo... pues bien, la foto que ilustra este blog me la tomaron con una reflex en esa época. La persona que me la tomó amplió el careto y me lo envió diciéndome que algo iba mal: estábamos de copas, tranquis, y yo tenía esa cara. Mal rollo, con lo cachondo que solía y vuelvo a ser...
¿A dónde voy con esto? A que me he encontrado esta foto navegando por flogs antiguos y no he podido evitar pensar un poco en todo lo que pasó, así que os doy un pequeño consejo: Cuando un amigo os advierta de que estáis perdiendo el norte, escuchadle, porque eso significa que ha llegado la hora de cambiar de rumbo. Y por ello, a pesar de todo y de todos, Gracias, Isra. (y Shei, y Eva, y Patry, y Danny... sí que había hablado de esto en el blog, sí)
 
Y ahora sí... ¡¡A disfrutar el veranito, niños!!

martes, 28 de junio de 2011

Ecografías y hacienda: ¡¡La gambita se mueve!!

Llevamos una semana la mar de rara pero eso sí, muy chula. 

Foto de gatitos, porque los gatitos siempre molan.

El domingo por la noche coincide, más o menos, con el relato de ayer (eh, gracias por las buenas críticas, y sí, Gadi, creo que mi cínico se confunde, más bien quería haber dicho que algunos no lo habían pillado, pero es que el muy es así de bastardo), y después de tanto calor el domingo por la noche, el lunes los muchachos de hacienda, por primera vez y sin que sirva de precedente, tenían buenas noticias para nosotros. 
Así que después de una declaración que pasará a los anales de la historia como la declaración de la renta más cojonuda del último cuarto de siglo, fuimos a elegir un aire acondicionado para el dormitorio, que la pobre Eva está pasándolas puñeteras por culpa del calor y, como no puede tomar nada para la cabeza, pues fastidiada se queda.
Un buen lunes, sin lugar a dudas, pero mejor martes, porque hoy... tadá tadá... hemos vuelto a ver a nuestro niño, a.k.a. la gambita, que estoy viendo que tendrá cuarenta años y seguirá siendo la gambita, jejejeje. Nos hemos levantado a las ocho para hacernos... uhm, quiero decir, para que Eva se haga los análisis, y hemos llegado a ginecología a eso de las nueve, hora a la que una muchacha simpaticota y afable nos ha mandado a hacer puñetas hasta las once, que es cuando llega el ginecólogo.
Así que ni cortos ni perezosos -ni tampoco drogados, ya puestos, que aquí hay nivel- hemos aprovechado para comprar los regalos de Silvia, que el viernes celebramos su cumple en su peazo chalé y vamos a liarla pero bien jejeje. Aprovechando esas dos horas hemos ido a por sus regalos a XXXXX y después de comprarle un XXXXX y un XXXXX, que por cierto, casi me muerde (salió volando y lo atrapé justo antes de que quemara con la cola las cortinas de la tienda de XXXXX pero lo dicho, intentó morderme el muy) fuimos a la tienda OIOIOIOIO a pillarle un UYIUYUYU que esperamos que le guste, claro, porque comprar regalos de cumpleaños para que no gusten es tener muy mala leche.

Aquí el XXXXXX tratando de arrancarme el brazo con uno de sus flagelos.
(Imagen pixelada para guardar el misterio del regalo)

Tras la compra de regalos la aventura en la tienda misteriosa, pillar un cartón de tabaco rubio largo (uno, que tiene algún defectillo o algún complejillo que compensar) y un zumito para la madre y la gambita, hemos al ginecólogo. 
Y bueno...
Sé que aquí entra más de un padre y muchas madres, pero tenéis que entender que uno es novato en estas lides y no está acostumbrado a según qué cosas, así que después de esperar media hora y de mosquearme con las típicas espabiladas que intentan colarse yendo de majas con la enfermera personal, la susodicha -que es una forma de decir "la enfermera" pero sin repetir la palabra "enfermera" porque acabo de decir "enfermera" en la frase anterior- sale y dice:
-¿Eva?
Así que yo me levanto muy ufano y entro todo digno en la consulta del doctor hasta que me doy cuenta de que el ginecólogo y la enfermera -es decir, la susodicha de la frase anterior- me están mirando con cara rara. Es entonces cuando me percato de que Eva, que está distraída bebiendo agua, no se ha enterado de que la han llamado y sigue a lo suyo en la sala de espera mirando por la ventana.
-Eu...
El médico carraspea y me entran ganas de decirle que Eva no ha podido venir pero que he venido yo en su lugar, que si me voy quitando la camiseta o algo, pero Eva, que ya se ha coscado del asunto, entra en la consulta no sin dedicarme antes un coscorrón telepático de advertencia, porque ya se imagina que voy a hacer alguna gracia. 
Cachis...
El ginecólogo, que es más majo que los actuales euros, nos invita a sentarnos y empieza en plan coloquial el clásico interrogatorio de costumbre: “qué tal todo”, “cómo lo llevas”, “hay alguna molestia”, “se está portando bien el calvo”, “se te hinchan mucho lo pies” y “dónde coño he guardado el FemibionTM”. Ahora comprendo que esta última iba para la enfermera, pero con la tensión del momento y sintiéndome un poco de lado yo le dije que en el cajón, a ver si colaba. Y por cierto que no, estaba en el armarito de las medicinas, obviamente.
El caso es que después del interrogatorio el doctor invita a Eva a pasar a la habitación de la camilla -este tío está que lo tira, no para de invitar, a ver si me lo encuentro en la feria...- y mientras Eva se prepara para la eco él se queda hablando conmigo para tranquilizarme, porque sí, a esas alturas estoy hecho un flan.
-Bueno... ¿y qué tal va todo?
-Bien.
-¿La estás tratando bien?
-Pues no, la estoy obligando a agacharse sin motivo varias veces al día y le suelto capones de vez en cuando porque soy un hijoputa. 
Vale, no, no le respondo eso, pero a veces me entran ganas, y es que esto de “estar embarazado” es un coñazo. A tu mujer le preguntan qué tal está, cómo duerme, si necesita algo... Y a ti lo más que te dicen es: "¿Pero estás tratándola bien?" con cara de “digas lo que digas, los dos sabemos que no”. Y joer, la pregunta jode bastante, especialmente cuando uno, que es orco de aspecto pero de natural sensible, se tira todo el día dando el cayo para que la mami no se me escojoncie en un mal movimiento. En fin... la vida es dura. Así que repitamos.
-¿La estás tratando bien?
-En eso estamos.
-Así me gusta.
Tócate los huevos... 
En ese momento sale la enfermera y nos... vale, si pongo otra vez que nos invita a pasar me vais a prender fuego en un molino, ¿verdad? De acuerdo, de acuerdo, hum... nos indica que ya podemos pasar. ¿Mejor así?
Aquí se me ocurren cien gracietas que decir acerca del gel ese que ponen en la barriguilla para hacer las ecos, pero como no soy yo quien lo sufre me las ahorro. Baste decir que entro en la habitacioncita en la que Eva me espera al lado de una máquina que parece sacada del Dr. Who -del bueno, del antiguo- tumbada en una camilla que a su vez parece sacada de Las Edades de Lulú, Último tango en París o cualquier peli para adultos -es decir, para chavales de trece años con sobredosis hormonal- actual, que yo hace ya como décadas que estoy fuera del mercado. Afortunadamente, los estribos en esta ocasión están de adornos y ella aún lleva los pantalones puestos, así que todo va bien. 
El doctor se sienta junto a ella, le coloca sobre la tripa un cacharrillo parecido a una Epileidy -ya sabemos quién era la chica en la pareja de Epi y Blás- y enciende el ecógrafo.
Y la liamos.
Eva está de 11 semanas, pero en la pantalla aparece el feto de un niño de lo menos ocho meses. A mí me da un chungo y me apoyo contra la pared porque me estoy mareando. Al final ha pasado lo que ya imaginaba: mi hijo es Damien.
El médico suelta una carcajada y se excusa.
-Uy, perdón. Esta es una foto del hijo de la pareja anterior.
-Que... divertido -digo hablando como el amigo de Malcolm, el de la silla de ruedas, y con el corazón a mil por hora. 
El señor ginecólogo me pone cara de "te la merecías, por listillo" y, ahora sí, encuadra a la criatura.
Y bueno...
Es la leche. 
La gambita tiene ya todas sus extremidades y ha perdido la colita, se nota el latido parpadeante de corazoncillo y, lo que es mejor, la muy cachonda no se está quieta ni pa qué: hace fuerza con la cabeza contra el útero materno, salta, gira, se revuelca... 
-Cómo se mueve, el puñetero -dice alguien. Tardo un rato en darme cuenta de que he sido yo, porque la voz me suena... diferente. Además, lo que yo quería decir era otra cosa.
-Es... mi hijo -y aunque no lo digo, lo pienso a voz en grito. 
Tras varios intentos de tomarle medidas, el ginecólogo resuella por lo bajini.
-Pues no, no se está quieto...
-Igual de tocahuevos que el padre- suspiro lleno de orgullo para mis adentros, porque estoy tan martavillado, tan impresionado, que soy incapaz de hablar.
Finalmente la gambita se da la vuelta y se queda allí, como Bart Simpson, de espaldas, casi espero que el médico diga algo del tipo "si no fuera tan pequeño juraría que nos está... dando el culo", pero en vez de eso dice:
-Ya te tengo...
Y todo parece estar bien.

Esta está siendo una semana la mar de rara, aunque muy chula. Hoy he visto a la gambita, he contemplado su corazón palpitar, la he visto moverse y retorcerse poniendo en jaque a un adulto -yupi! jajaja- y lo que es más importante: Hoy, ese amor que sentía por ella, ese amor tan inmenso que creía la semana pasada... Ese amor, hoy, se ha multiplicado por mil.


¡¡Un abrazo para todos!!



lunes, 27 de junio de 2011

Ese cínico interior...

Cuarenta grados a la sombra. 
La ventana del dormitorio es una boca abierta de par en par de la que sólo emana un cálido y fétido aliento, como de segunda mano; una boca abierta en una carcajada pedante y sin gracia que se ríe de las gotas de sudor que se deslizan hacia la sábana, ropa de un colchón que por acción del calor se convierte en la saliva de un monstruo que languidece de sopor.
Cierro el libro.
Las farolas de la calle se ríen al apagar yo la lámpara
El ventilador jadea en una esquina de la habitación esforzándose inútilmente por remover un aire tan caliente como la calefacción del infierno en medio de un zumbido que hace pensar que el tiempo ha parado, que el amanecer nunca vendrá, y tan sólo el canto de los grillos me asegura que el segundero, aunque lento y pegajoso, sigue corriendo...

–Obvio, ¿no?
Me siento en la cama sobresaltado porque, ahora sí, el tiempo se ha parado por completo. Mi yo cínico me observa burlón desde los pies de la cama. Lleva una camisa blanca y un pantalón corto de tela a juego con el mojito de su mano derecha. También lleva una sonrisa petulante, un moreno más profundo que el mío y no suda ni gota, el mamón, así que se le ve más guapo de lo que realmente soy.
Puff, resoplo.
Él enarca una ceja, sorprendido. Me levanto sin hacer ruido y salgo de la habitación abriendo la puerta con cuidado de que no entre el gato, más por costumbre que por necesidad, pues Chihiro está tumbada sobre su escalón preferido y el tiempo no corre en el mundo real cuando mi yo cínico me visita. Esquivo a un mosquito estático en pleno vuelo y cojo el tabaco y el mechero del cuarto de baño que suelo utilizar para afeitarme. No pierdo el tiempo y le doy una furiosa calada al cigarrillo recién encendido en cuanto salgo al jardín.
–Estás en gayumbos –me advierte mi crítico interior.
Me encojo de hombros. 
–Eres un gilipollas y un prepotente –le suelto a quemarropa y sin avisar.
Mi yo cínico da un paso atrás. Generalmente los insultos son cosa suya, pero el calor me pone de una mala leche tremenda.
–Vaya, estamos nerviosillos... 
Le señalo el vaso que lleva en la mano.
–¿Mojito? Los dos sabemos que ambos somos más de bourbon y de absenta.
El cínico parece acusar el golpe, pues titubea un poco.
–Es que...
–Es que te mola aparecer bebiendo mojito porque según el relato de ayer Dios bebe mojitos, no lo niegues –le salto a la yugular–. Muy freudiano todo...
Se termina la bebida de un trago y extiende las manos vacías ante sí.
–Eh, no escurras el bulto –se defiende–. Fuiste tú quien escribiste en primera persona haciéndose pasar por Dios.
Touché.
–Además –continúa–, al fin y al cabo nadie ha entendido una mierda del final del relato de la entrada anterior.
Doble touché.
–¿Qué querías escribir exactamente? –me pregunta.
Me encojo de hombros, más por la costumbre que por otra cosa. Las estrellas brillan que te cagas ahí arriba, así que mientras exhalo el humo me las quedo mirando como un atontado de ciudad –que al fin y al cabo es lo que soy–, que ya ha olvidado cómo son las estrellas.

 
–No lo sé –reconozco–. Supongo que precisamente quería expresar eso, que Dios nos hizo a su imagen y semejanza.
El cínico se descojona, el muy.
–¿Sabes que lo que escribiste entra de lleno en la blasfemia?
Me encojo de hombros otra vez sin dejar de mirar al cielo. ¿He dicho ya que las estrellas son acojonantes cuando no hay luz que tape su brillo?
–Es posible –reconozco–, pero no era esa mi intención.
–¿Y cual era?
Me lo tomo con filosofía. Entro en la cocina y me pongo un ron con hielo. Ya no queda whisky en casa. Jodida crisis. El cínico me espera sentado en el balancín cuando vuelvo a salir al jardín.
–¿Y bien? –me pregunta.
Me enciendo otro pitillo y, tras un trago largo del mismo ron que bebí cuando pensé que Chihiro había abandonado la casa, me doy cuenta de que casi parece que vaya a iniciar un ritual de santería. Me río.
–De acuerdo, de acuerdo –suspiro–. Supongo que, como Rodri, no entiendes la necesidad de Dios de conversar con las luces, ¿no?
El cínico hace un gesto indiferente con la cabeza, como si la verdad le importara poco menos que una mierda.
–Es posible –acede al final.
–Bueno... supongo que lo único que quería era demostrar esa faceta humana del Dios en el que creo –confieso–. Quiero decir... ¿Sabes en el señor de los anillos, cuando Frodo le ofrece el anillo a gandalf y el mago lo manda a hacer puñetas? Pues a veces pienso que Dios, mi Dios, es algo parecido. No se trata de reinar por la fuerza ni de demostrar su poder, sino de simplemente encaminar y hacer lo que por encima de todas las cosas es correcto.
–Pero la moral y la ética, lo correcto y lo incorrecto, son conceptos aprendidos. 
Le doy un trago al ron y asiento con la cabeza, sin embargo mi boca responde:
–No. Eso es lo que siempre se nos ha forzado a creer, pero los dos sabemos que no es así. Nadie en su sano juicio lo aceptaría, al menos nadie que haya dedicado un rato más largo que un pestañeo a pensar en el asunto.
El cínico se descojona.
–Decir eso y no decir nada es lo mismo. Así nadie te va a creer.
Me encojo de hombros, lo que ya viene siendo el gesto de la noche.
–Imagínate a un enano a medio metro del suelo... no espera, a setenta u ochenta centímetros del suelo.
Asiente con la cabeza.
–Hecho –acepta–. ¿Qué hace el enano exactamente?
Sonrío con maldad al responder.
–Soplarme los huevos.
–Eeeeh, relax –protesta mi crítico interior–. Ese tipo de frases son cosa mía.
En eso tiene razón. 
–De acuerdo, a ver cómo te lo explico... En el antiguo testamento Dios se tira todo el día dando la brasa a los judíos, puteándolos y mandando castigos sobre la tierra, ¿y de qué le vale eso?
–¿De nada?
–Gracias, quiero decir... exacto, de nada. Y algo parecido ocurre con la humanidad: nos hemos tirado milenios en guerra, pero a la hora de la verdad, cuanto más evolucionamos, más descubrimos que las guerras son inútiles. Y no, no me refiero a los gobiernos que deciden gastar el excedente de munición sobre otros países, sino a los ciudadano, a los seres de a pie, a nosotros. Ese era el punto que quería destacar en mi relato: el parecido entre el hombre y Dios, entre Creación y Creador.
El cínico piensa y asiente.
–Vale, pero eso es prepotente y blasfemo. 
Me encojo de hombros. 
–Yo prefiero pensar que es simple y llana publicidad.
–¿Publicidad de Dios?
–¿Por qué no?
Mi crítico parece darse por vencido y un vaso de bourbon aparece en su mano.
–De acuerdo, aceptamos enchufe como anguila eléctrica, pero hay algo que no entiendo.
–Dispara.
–¿Qué coño son esas luces y quién coño las ha creado?
La carcajada me asusta hasta a mí.
–Pensé que habíamos terminado ya con las dichosas preguntitas –me parafraseo a mí mismo, pero como veo que esta vez no va a colar tomo aire y añado–. Nosotros. Nosotros somos esas putas luces. ¿Lo pillas ya?
El cínico medita en lo que ello conlleva
–¿Y la invasión?
–Una metáfora, o si lo prefieres, una alegoría.
–¿Una alegoría de una sola frase?
–Una alegoría de cien años de tradición de cine y literatura.
 Ahora sí, se ríe.
–No sé si eres un genio o un capullo.
-Creo que más lo segundo que lo primero –confieso–, pero la culpa es del calor. 


Nos terminamos los vasos y el canto de los grillos me avisa de que el tiempo vuelve a correr. Dueño de nuevo de mi propia vida, decido que mañana, sí o sí, vamos a comprar un aire acondicionado de los baratos para el dormitorio.

Un abrazo a todos y feliz inicio de semana!

sábado, 25 de junio de 2011

Relato: Y aún así, seguimos siendo.



"El mar en calma refulge a la luz de la luna bajo nuestros pies como una balsa de agua parada en el tiempo, rota tan sólo por alguna ola diminuta en la distancia o el baile de un delfín que fácilmente podría ser un peligroso tiburón en la mente de un cineasta con exceso de manía persecutoria.
La luz frente a mí, oscila. Yo me limito a hablar.
–... Y aún así, seguimos siendo. Como meras formas de vida, como simples seres sensibles. Capaces de la más alta gesta y de la más terrible atrocidad, en cada uno solo de nosotros hay potencial para cambiar el mundo, para convertir el planeta en un lugar mejor o someterlo en la desgracia y el abandono. Somos héroes soñados y villanos imposibles, las dos cosas a un tiempo; no nos importa arrastrarnos por una simple migaja para luego alzarnos sobre las propias cenizas de nuestra pusilánime indignidad y renunciar con un gesto a riquezas y poder suficientes como para comprar un reino. Por amor matamos, y en nombre del amor morimos, pero a veces vendemos ese amor por una bolsa de sencillas monedas, lo maltratamos, lo exprimimos e incluso llegamos a aniquilarlo entre nuestras manos sangrientas de sed de venganza sin fin y, ya puestos, sin motivo demostrado.
<<Enfatizamos nuestro odio y nos regodeamos en nuestra rabia para luego, en tan sólo un instante, encontrar perdón en nuestros corazones para todo aquel que nos ofendió. Somos fuertes y pusilánimes a un tiempo,débiles y aguerridos, desleales y mentiroso, llenos de bondad y fieles hasta más allá de lo posible.
–Sois inconstantes.
–... Y aún así, seguimos siendo. Creadores de maravillas que se conservan hasta más allá de los siglos, destruimos nuestra propia obra regodeándonos como niños que echan agua a un hormiguero. Somos capaces de aferrarnos a la vida con uñas y dientes cuando todo está perdido, dando lo mejor de nosotros mismos cuando nos autoinflijimos la desgracia, para luego, en un segundo, dar un salto al vacío cansados de esa vida por la que hemos luchado tanto tiempo que ya hemos olvidado el porqué.
<<Vamos a la guerra, destruimos lo que más amamos, y luego dedicamos nuestro tiempo a reconstruir esos mismos barrios que vimos caer entre carcajadas impunes. Abrazamos al hermano que matamos y lloramos con las lágrimas de su familia, que es la nuestra. Nos sentimos ofendidos por las mismas palabras que, sin darnos cuenta, dedicamos contra nosotros. Y cuando más perdidos estamos, cuanto más nos engañamos por perder el camino, más nos encontramos a nosotros en el fondo de lo que realmente importa, que no es más que nada, y menos que nada, cero.
–No sabéis lo que buscáis.
–... Y aún así seguimos siendo. Disfrazamos a los animales en los cuentos, de personajes amados que buscan en su propia existencia cómo enseñarnos a sobrevivirnos a nosotros mismos; animales que luego tendemos en nuestra mesa y de los que alimentamos a ese mismo hijo cuyas paredes pintamos de cerditos con pantalones y conejos con sombrero de copa y reloj apresurado. Maltratamos y denigramos la creación que nos dio vida para luego rendir esa vida a la creación ocupándonos de cada uno de sus pormenores. Sufrimos enfermedades que nuestra propia maldad crea, curamos esas enfermedades con vacunas que regalamos a costa de sufrimiento y por las que luchamos hasta la muerte por preservar.
-Inútiles...
-... Y aún así, seguimos siendo. Nos enfrentamos a ese Dios en el que la razón nos impide creer para luego arrodillarnos ante su presencia, aunque quizá sea inventada. Negamos la vida futura mientras tratamos de ganar puntos para ella. Incapaces para la fe, creemos con todas nuestras fuerzas, rezamos a unos oídos que tememos que ni siquiera existen y contactamos con lo insondable. Somos seres materiales que no creen más que a sus propios sentidos, pero luego ocultamos la cabeza bajo las mantas cuando las sombras nos acercan a ese otro mundo de cuya existencia somos plenamente conscientes, aunque la luz del sol nos borre el recuerdo y, llevados de nuevo por esta razón incompetente, nuestra fe se vuelve duda, nuestra credulidad convencimiento, y nuestra espiritualidad se torna orgullosa y material pose que se desprende de todos esos sudores que en pleno día se trasfiguran en superstición marchita. Somos, a fin de cuentas, seres humanos.
–¿Y?
–No somos el tipo de enemigo que querrías tener en frente.
La luz se ríe.
–Sois inconstantes y mentirosos, incapaces y embusteros. Destruis vuestra propia especie sin temor alguno y acabáis con los recursos sin capacidad por ver el mañana.
–Cierto.
–Y aún así te atreves a amenazarnos. ¿Por qué deberíamos temeros?
Sonrío.
–Porque aún así, a pesar de todo, seguimos siendo.
La luz parece meditar mis palabras, finalmente parpadea, perdiendo intensidad en medio del océano sobre el que ambos conversamos. 
La miro con una ceja enarcada.
–¿Y bien?
La luz parece reticente a contestar, pero finalmente lo hace.
–Hemos detenido la invasión.
No puedo evitar una sonrisa victoriosa.
–¿Por qué?
Demasiado orgulloso. La luz desaparece y me deja a solas sobre ese mar en calma, sobre ese océano infinito en el que se encuentran todas las respuestas que necesito.


Sonrío. Me siento más joven y vivo de lo que me he sentido en mucho tiempo. Y sí, me refiero a MUCHO tiempo. Con un parpadeo vuelvo a casa, o a lo más cercano que tengo a una casa propiamente dicha. No pierdo tiempo en llamar a la puerta y me presento, sin más, en la sala de copas. Pedro me mira escandalizado y menea la cabeza, no sin cierta censura.
-Nunca entenderé porque no da más publicidad a estas cosas -me confiesa-. Si el mundo lo supiera, su fe... 
Hago un gesto con la mano, como quitándole la importancia.
–Bobadas, no valdría para nada
–¿Y eso?
Medito un rato y me encojo de hombros mientras mi amigo me tiende un mojito con doble hierbabuena y un poquito más de ron de lo aconsejado.
–¿Sabes? A veces creo que el problema fue crearos a mi imagen y semejanza, porque a veces no Me entiendo ni Yo mismo.
Pedro me mira con una ceja levantada desde detrás de la barra.
–Y a esos... a esas luces... ¿Quién los creó, Maestro?
No puedo evitar una sonrisa.
–¿Ya estamos otra vez? Coñe, Pedro, creí que habíamos terminado ya con las dichosas preguntitas...
Y como esa es una gran verdad, o mejor dicho, una Verdad en mayúsculas, decido perderme en el fondo de mi vaso de mojito mientras de lejos, como el rumor de las olas, escucho y disfruto de la belleza del concierto orquestado por los pensamientos que piensa la complejidad de seres de mi complejo universo".

Dedicado con mucho cariño a Rebeca.
Porque a veces hay mucho más de lo que puede verse a simple vista.

Un abrazo y buen sabadete a todos!!

miércoles, 8 de junio de 2011

Nesspreso, Dios, George Clooney y un club exclusivo y gilipollas.

Tengo una Nesspreso, o mejor dicho, en casa tenemos un bonito pisapapeles que pone Nesspreso y que, según las intrucciones, es una cafetera. Entre nosotros, hace tanto que nos terminamos las cápsulas de prueba que ya no estoy seguro de si eso es cierto o fue una ensoñación entrópica y psicotrópica propiciada por las pastillas de lorzagirl. Debe ser lo primero, porque hay por ahí un anuncio de George Clooney que da a entender que sí, que es una cafetera. 
Pero me estoy descontrolando...
Hace muchos, muchos años....
En una galaxia muy, muy lejana...
(Ciudad Real)


         -Querida Leia, no podrás resistirte a una tacita de Nesspreso...
-Nos hemos quedado sin, señor. Bobba fett tiró la caja...
                     -Su puta madre...

 
Capítulo IX The cafetera incident.
...Ante la cruzada estelar de Eva y Rafa, de tierras gaditanas a los terrenos más oscuros del Imperio (la Mancha), la madre de Eva les obsequia con una reliquia del pasado que les ayudará a mantenerse despiertos: la Cafetera Eléctrica de Toda la Vida y Tal. Pero los siervos del Imperio (Jose y Jessie casi casi como el Team Rocket) acaban destruyendo el habitáculo que Todo lo Toma (la jarrilla de cristal, pa entendernos) desarticulando así la poderosa reliquia.
Mientras tanto, la madre de Rafa, que las consuegras ya se sabe, aprovecha la coyuntura para enviarles a los líderes rebeldes una cafetera apta para microondas, el no va más en tecnología de Endor, y es que los peluches son muy suyos para el café.
El Lado Oscuro, insidioso como un coordinador de primaria, influye mentalmente en la decisión de la madre de Eva que, ajena a la manipulación que está sufriendo por parte del Imperio, decide enviar a los líderes rebeldes un nuevo objeto de culto. O eso cree ella: La cafetera Nesspreso...
La aventura está a punto de comenzar...


Porque sí, la cafetera es muy bonita y el café está cojonudo. Te pones el traje de chaqueta, te zampas uno de los cafelillos que vienen en el packaging, de muestra, decides que está muuu rico, calentico, y tiras la caja para que no haga bulto, ¿verdad?
¡Pues NO!
¡¡MAL!!
Resulta que en la caja del packaging (que es la forma que tenemos en las empresas de consulting de llamar al envoltorio para sacaros más dinero) viene un papelucho o un trocito de cartón (aún no me ha quedado claro) que debes rellenar para hacerte socio del club Nesspreso.
¿Y qué significa eso?
Pues, básicamente, significa que tienes que soltar una pasta para comprar cápsulas en cantidades absurdas (cien o así) Y, lo que es más importante, que si no eres socio del club Nesspreso... No hay Dios ni Demonio en este planeta tierra de los huevos que te consiga una maldita cápsula de Nesspreso.
¿Vais pillando la gracia?
-A ver... vendo Dolce Gusto con jarrilla de recambio...
 Yo, desde luego, lo pillé en seguida. Ahora entiendo por qué San Pedro tiene que bajar a la tierra a robarle las cápsulas al Clooney -all of them, George-. Lo hace porque no hay cojones de pillar cápsulas de otra forma. Casi me imagino la conversación telefónica de Dios con la chati del club Nesspreso:

–Club Nesspreso, le atiende Jeny, ¿en qué puedo ayudarleeee?
Ahm, no, espera, que esto es un club exclusivo. Uhm...
–Club Nesspreso, le atiende Cristina (que suena como más elegante) ¿Qué deseaaaa?
Dios carraspea, porque las teleoperadoras siempre le ponen un poco Nervioso...
–Pues mire, quería comprar cápsulas...
–¿Número de socioooo?
–No, es que verá....
–¿Desea hacerse socioooo?
Dios resopla, mosqueado.
–A ver, señorita, soy Dios, el namber uan, el primero, the ferst, el que estaba ahí cuando no se veía un carajo, ¿me entiendes? (Dios también ve Salvados)
–Ajá. ¿Me puede decir el número de solicitud de socio de su sistema de relax nesspreso?
–¿Lo qué? –porque sí, Dios es omniscente pero hay cosas que le sacan de quicio
–El número del papelito de la caja.
–Ahm. Ya. Bueno, verá, es que el arcángel Gabriel, que es muy suyo con todo eso del orden, tiró la caja y...
–Vaya, tsk.
–Eso no es bueno, ¿verdad?
–Pues no, lamentándolo mucho, no podemos enviarle cápsulas si no es usted socio.
Dios rechina los dientes. Puede hacerlo: su seguro dental es divino.
Divino de la muerte.
–A ver, señorita, hágame socio entonces.
–¿Me dice el número de solicitud de socio de su sistema..?
–¿Otra vez? No lo tengo, lo he perdido...
Se escucha ruido de teclas al otro lado del teléfono (la conferencia va a salir por una pasta). parece que Cristina se lo está currando, pero en verdad está cambiando de estado en facebook.
–De acuerdo, señor Dior...
–Dios.
–Lo que sea... ¿Me puede decir el número de registro de su sistema cafetero chachi Nesspreso?
–Pues no lo sé. ¿Eso dónde está?
–En la caja.
"A tomar por culo" grita Dios para sus adentros añorando los viejos tiempos de las plagas. Trata de calmarse.
–A ver, señorita, por el Amor de Yo, sólo quiero una puñetera caja de cápsulas de volluto -my favourite-. ¿No puedo comprarlas en algún sitio?
Nuevo ruido de teclas.
–Me temo que sin ser socio, no. Somos un club muy exclusivo.
–Ya, pero yo soy Dios, ya sabe, el Primero, el Verbo y la Palabra, el Padre Todopoderoso... el de “vaya por Dios”...
–Pero no está en nuestro club.
 Dios, cabreado, mira la agenda de las almas.
–Señorita, ¿tiene algo que hacer dentro de dos semanas?
–¿Me está pidiendo una cita?
–Algo así, algo así... Ya nos veremos por aquí.
Dios cuelga el teléfono y engancha el micrófono de megafonía celestial.
–¡¡San Peeedro!! Vente ya pa acá corriendo que tengo una misión pa tí.


¿Exagerado? Los huevos. Intentad buscaros la vida para comprar una maldita caja de cápsulas oficiales Nesspreso y después me contáis. No, en serio, el anuncio es absolutamente fidedigno: Ni siquiera en el cielo pueden comprar las cápsulas, y es que, quien tiene una caja de Nesspreso tiene las llaves del Wallhalla, de la compra absoluta y del club Nesspreso, un club tan exclusivo, tan exclusivo...
Que se está quedando sin clientes.


Afortunadamente ya hay varias alternativas a las malditas cápsulas. La semana pasada descubrí L'aroma, de marcilla, que son compatibles y están deliciosas. Sólo espero que los de Nesspreso no la líen parda y los lleven a juicio (el logo de la N no aparece por ningún lado en la caja, de hecho me enteré de que eran compatibles por un chivatazo). La verdad es que me jodería, después de cuatro años de pisapapeles, tener que volver a desenchufar la maquinita, perdón, el sistema de orgasmos cafeínicos Nesspreso, y volver a usarla de pata de la cama.
Y ahora sí:
Me cago en George Clooney, en Nesspreso, en el Volluto, en los pianos voladores y en la madre que los parió a todos.
Ale, besotes para todos.