El equipo de Paraiso 4 me ha dado un voto de confianza y me han publicado un relato que, sinceramente, espero que os guste.
¿No conocéis la página? ¡¡Pues ya estáis tardando!!
Y bueno... es feo de pedir, pero más feo es Rajoy: Os agradecería que compartierais y comentarais en la página, que esto es tema de trabajo.
¡Que se vea que no se han equivocado al confiar en mí!
Podéis leerlo en:
http://www.paraiso4.com/index.php?option=com_content&view=article&id=439%3Afirma-invitada-rafa-del-rio&catid=20%3Anuestros-relatos&Itemid=73
lunes, 15 de abril de 2013
martes, 9 de abril de 2013
El tipo del espejo.
El tipo del espejo es más alto que yo. Más guapo, más fuerte, más listo... Y sonríe más a menudo que yo.
El tipo del espejo escribe lo que quiere, cuando lo desea y tal y como lo imagina. Siempre consigue esa frase que a mí se me escapa entre los dedos al soñarla.
El tipo del espejo es un triunfador, nunca duda. Vive sin prejuicios ni temores, sin remordimientos, sin ética, sin conciencia ni alma. Ajeno al devenir del tiempo. Superior, preciso, petulante...
El tipo del espejo siempre encuentra lo que busca, siempre logra lo que ansía. Voraz, destructivo, vacío...
Le odio.
Y ahora el tipo del espejo sangra. Su sangre es más roja, más oscura, más espesa que la mía. Exhala su último aliento con una sonrisa triunfal.
Yo me limito a esbozar una mueca mientras mi visión se nubla.
jueves, 4 de abril de 2013
¿Por qué?
Esas manos tan inquietas, ese pecho que no alienta, esos dedos que aún tiemblan... Quieren saber el por qué.
¿Por qué?
Porque nunca pude soportar la idea de verte con otro. Porque sólo imaginarte en su lecho me llevaba a la locura. Porque ni en mis pesadillas más duras pude soñarte en labios que no fueran estos, los que mis besos anhelan.
¿Por qué?
Porque siempre te sentí mía, porque eres la sangre que mi corazón late, y porque te amo.
Tan solo por eso: Te amo.
Por ello volvería a hacerlo. Aunque sigas sin entender el por qué, volveré a preguntártelo:
¿Quieres casarte conmigo?
lunes, 1 de abril de 2013
Yo no soy así.
Yo no soy así.
Antonio no era así. Nunca lo había sido. O al menos eso habría jurado su querida y religiosa familia. Sin embargo no podía negarlo, no a sí mismo. Al fin y al cabo estaba ahí, ¿o no?: Desnudo, de rodillas, sudoroso y a punto de meterse en la boca... "eso".
Qué ridículo, ni siquiera ahora era capaz de nombrarlo, estaba demasiado avergonzado para ello.
Él, que siempre había sido el más machote, el más conservador de su grupo... Rendido al fin a su naturaleza, haciendo aquello que se había prometido que jamás haría.
Pero de perdidos al río: Abrió la boca y tomó aire profundamente, como resignándose.
Al principio le sorprendió el tacto, duro y cálido. "De modo que es así como sabe". Se descubrió a sí mismo, atolondrado, azotando la punta con la lengua, llevado, tal vez, por los nervios de esta nueva situación.
De esta primera vez.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Decidido al fin, dejó de lamer la punta del cañón y apretó el gatillo.
sábado, 30 de marzo de 2013
Micro relato: Deja Vu
Está basado en un viejo relato que escribí hace tiempo, al que ahora he convertido en micro-relato de bolsillo. Espero que os guste ;)
Deja Vu

Abro los ojos, abandonada al fin esa oscuridad caliente, pegajosa y oscura. Unos focos blancos, hirientes, que me hacen apretar la boca de dolor; recortan la silueta de un hombre cuya voz, dura, ronca, resuena en mis oídos. Alguien graba mi dolor con una cámara, disfrutando mi desnudez en la acreditación de un experimento del que soy, a un tiempo, víctima y sujeto.
¿Dónde estoy?
La luz remite. Junto a mí hay una mesa cargada de utensilios punzantes y afilados que no dejan lugar a dudas de su autentica naturaleza. La habitación de azulejos blancos, refulgentes, como de cuarto de baño, pierde su pulcritud en las manchas de sangre que tiñen el suelo y las paredes bajo la figura de una mujer que jadea a mi lado.
Cabrones...
Trato de ayudarla, pero alguien se acerca y, alzándome en vilo, como si fuera no más que un espantajo fantoche, me golpea las nalgas.
Lloro.
Al oír mi llanto, la mujer jadeante sonríe y extiende hacia mí sus brazos.
¿Qué..?
El tipo de la cámara me enfoca y me habla con suavidad:
--Dile hola a mamá.
Susurra.
jueves, 21 de marzo de 2013
Anónima paseante.
Camina con la fuerza y la elegancia de una pantera en la selva, única conocedora de una sabiduría manifiesta en sus gestos, en sus andares, en ese aire suficiente con el que arroja su melena cándida a los oscuros albores de un atardecer que se hace noche.
El semáforo ante ti se pone verde, pero ella, princesa infinita del tiempo que a su antojo maneja y recrea, se limita a caminar a paso lento, delicado, perdida en la cadencia de su propio caminar mientras escribe, decadente, un mensaje en su whatsup.
Los coches esperan, parado el tiempo en la silueta que se recorta contra el sol rojo que ya muere, y cuando al final cruza, no puedes evitar avanzar tu coche y colocarte, a su paso, junto a ella.
Da igual que tu esposa y tu hija te miren, sorprendidas, desde el asiento trasero: A veces hay que jugarse la vida a cara o cruz y tirarlo todo por la borda.
Por eso te pones a su altura y bajas la ventanilla. Por eso te asomas y la miras, con una sonrisa anhelante. Cuando ella, con picardía, se hace la ausente, respondiendo de soslayo con su mirada a tus ojos; sonríes como un lobo y se lo dices:
-Gilipoooooollas.
Niñatas pijas a mí...
Con la boca llena y muy a gusto, sintiéndote como un pequeño Dios, dejas que el motor del coche cante un ronquido de satisfacción".
¡¡¡FELIZ JUEVES!!!
El semáforo ante ti se pone verde, pero ella, princesa infinita del tiempo que a su antojo maneja y recrea, se limita a caminar a paso lento, delicado, perdida en la cadencia de su propio caminar mientras escribe, decadente, un mensaje en su whatsup.
Los coches esperan, parado el tiempo en la silueta que se recorta contra el sol rojo que ya muere, y cuando al final cruza, no puedes evitar avanzar tu coche y colocarte, a su paso, junto a ella.
Da igual que tu esposa y tu hija te miren, sorprendidas, desde el asiento trasero: A veces hay que jugarse la vida a cara o cruz y tirarlo todo por la borda.
Por eso te pones a su altura y bajas la ventanilla. Por eso te asomas y la miras, con una sonrisa anhelante. Cuando ella, con picardía, se hace la ausente, respondiendo de soslayo con su mirada a tus ojos; sonríes como un lobo y se lo dices:
-Gilipoooooollas.
Niñatas pijas a mí...
Con la boca llena y muy a gusto, sintiéndote como un pequeño Dios, dejas que el motor del coche cante un ronquido de satisfacción".
¡¡¡FELIZ JUEVES!!!
viernes, 8 de marzo de 2013
Seppuku
Nunca quise hacerte daño. ¿Cómo
puedo convencerte? Guardo en mi corazón todo un catálogo de
sentidos del que tú, mi vida, mi diosa, has sido siempre la actriz
protagonista: La imagen de los primeros días, de tu corta melena
pelirroja, de tus dulces ojos verdes, huidizos, tratando de negar lo
nuestro. El sabor de ese primer beso en los lavabos, asustada, de esa
copa a medias cuyo contenido vibraba al ritmo de la música que
atronaba en el tugurio. El olor de tu sudor excitado, de tu colonia
de adolescente rebelde, del chicle que masticabas cuando, nerviosa,
mirabas alrededor en busca de tus padres. El tacto de tu piel, de tus
cabellos, de las medias que vestiste para mí aquella, nuestra
primera vez... Todo ello, siempre tú, ha estado presente en lo más
hondo de mi alma desde el día en que te conocí.
Lo nuestro nunca fue sencillo,
eran otros tiempos. El amor entre mujeres se reservaba en exclusiva a
las letras de Nacho Cano y a las películas para adultos. La sociedad
no estaba preparada para nuestros sentimientos, mujer contra mujer, no vestíamos bikinis ni luchábamos en el barro. Tampoco nos
importó: Las críticas de tus padres, las miradas altaneras de tu
hermana y, sí, los comentarios ácidos de mi familia no acabaron con
lo nuestro. Dos contra el mundo, rebeldes sin causa de un amor
apasionado sin nombre ni etiqueta, sólo amor; nos empeñamos en no
dejar que la incomprensión nos hundiera. Con el metal de sus lenguas
afiladas forjamos esa escalera que, peldaño a peldaño, acabó
llevándonos hasta un altar que nunca, ni en nuestros sueños más
locos, creímos posible.
Fueron años duros, con sus
luces y sus sombras, sus buenos momentos y sus pesadillas, plagados
de despertares amorosos y de sudores fríos en la noche.
Y nunca, ni un sólo minuto, fui
capaz de dejar de amarte. Por lo que eras, por lo que había sido,
por lo que fuiste y por todo aquello en lo que, sin duda, llegarías
a ser. Es fácil enamorar a una persona convirtiéndote en todo
aquello que ésta siempre ha soñado, pero cuando consigues que una
persona te ame por ser, tan sólo, como eres... Entonces ni la lluvia
ni el infinito pueden extinguir su esencia.
Aunque ni siquiera ahora lo
creas.
El resto ya lo sabes: nuestra
boda, el nacimiento de la pequeña Helena, el funeral de tu padre...
Estábamos preparadas para todo.
O casi todo.
La crisis, la maldita crisis,
acabó con nuestra vida de ensueño, con nuestra casita de papel en
lo alto de la colina del imposible. Un estudio de veinte metros y
facturas por pagar en la encimera. Palabras agrias, malos gestos, esa
luz oscura que brillaba en tus ojos apagados por el sueño y los
miedos cuando me mirabas pensando que no podía verte... Y la
pregunta, esa pregunta que no parabas de hacerme y que, poco a poco,
sin darte cuenta, me estaba matando por dentro: “¿Aún me amas?”
Respondía, siempre te respondía, pero tú hacías oídos sordos a
mi respuesta y preferías escuchar a ese tiempo que por nosotras
había pasado, a las arrugas que enmarcaban esos ojos verdes que día
tras día se apagaban un poco más, a la flacidez de esos brazos
otrora firmes, a los estragos del paso de una edad que, a pesar de
tus temores, no hicieron en mí sino el quererte aún más.
Aunque seguiste sin creerlo.
Fue entonces cuando lo conocí a
él. Sí, Él, yo también me sorprendí al principio. Podría
decirte que fue todo una casualidad, una broma del destino, un
azar... Pero no quiero mentirte. No a estas alturas: Fui yo quien
entró en ese foro sabiendo dónde me metía. Fui yo la que, llevada
por una desesperación infinita, buscó su nombre y preguntó por él.
Y fui yo, en definitiva, quien escribió nuestro primer saludo.
Al principio pensé que sería
cosa de una noche, un visto y no visto, pero él dijo que tendríamos
que conocernos primero, “hacer las cosas bien, poco a poco”.
Y yo acepté.
Una cena espontánea, varias
copas en el bar de moda, un café a media tarde, baile... Y mientras,
yo, mintiéndote, inventando mil excusas para que no supieras
encontrarme, ocultando con vaguedades el olor a alcohol de madrugada
y el perfume masculino que se me pegaba a la ropa como un invitado
indeseable.
Como si fueras idiota.
Ayer te escuché llorando en el
baño y algo se rompió dentro de mí.
Es por eso, sólo por eso, que
esta noche he vuelto a quedar con él.
Por última vez.
Iremos a cenar a un buen
restaurante, ¿por qué no? Y luego tomaremos unas copas, lo ideal
para preparar el ambiente. Nada como el grado exacto de alcohol en
sangre para dar punto final a esta locura. Luego subiremos al coche,
su coche, y buscaremos un sitio tranquilo. El puente nuevo, aún en
obras, parece el lugar perfecto. Nos pondremos cómodos, hablaremos,
y cuando ya esté todo dicho, por fin, lo haremos.
Cuando el coche salga despedido
sobre los pilares del puente nuevo, cuando se hunda poco a poco y yo
sea incapaz de abrir el cierre del cinturón de seguridad; mientras
las aguas de la bahía amenazan con tragarme para siempre y él
abandona el coche, tal y como hemos acordado... Pensaré en ti. En el
dinero del seguro con el que, por fin, podré daros ti y a nuestra
pequeña Helena todo aquello que en vida fui incapaz de ofreceros.
¿Me odiarás? Podré morir con
ello. Lo que no podría, ni en sueños, es seguir viviendo así.
Rafa del Río
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